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8 de marzo Día Internacional de la mujer

 




Todos los 8 de marzo se conmemora en el mundo la lucha de las mujeres por la igualdad, el reconocimiento y ejercicio efectivo de sus derechos. 

No es una celebración debido al origen de la fecha que fue un crimen: el asesinato de las obreras de una fábrica textil que laboraban bajo pésimas condiciones en Nueva York durante principios del siglo XX.

Relacionado directamente de los Derechos Humanos, es un día para reconocer las desigualdades que enfrentan las mujeres en las esferas culturales, sociales, políticas y económicas. También es un día para reconocer el aporte de las mujeres en la vida social, política, económica y cultural.

El Día Internacional de la Mujer brinda la oportunidad de reconsiderar cómo transformar el lugar de las mujeres en todos los contextos, y rendir homenaje a las que trabajan defendiendo los derechos de las mujeres, animándolas a que se desarrollen plenamente para transformar las vidas en las situaciones en que se encuentren. 

Habría muchas aristas para plantear pero tomaré solo algunas. El Covid 19 y la pandemia trajeron otros malestares en la cultura, profundizando otros. Ante una realidad que nos colapsa en este 8 de marzo uno de los mayores reclamos es que de una vez por todas y en serio se rompa el ciclo de violencia de géneros incluyendo a l@s niñ@s y jóvenes que son ‘víctimas colaterales’ (blancos dañados para afectar a sus madres), infancias y adolescencias vulneradas por entornos violentos. Hijos huérfanos de madres asesinadas por femicidio.


La crueldad y saña con que los hombres violentan, ejercen agresiones sexuales y asesinan a las mujeres no tiene límites. Son producto de mandatos de potencia canalizados por ejercicios abusivos de poder. El consumo de alcohol y drogas coadyuva favoreciendo la mayor factibilidad del pasaje al acto.

La dominación de género es un fenómeno universal, pero no todas las mujeres están subordinadas del mismo modo en todos los contextos. Los estigmas sociales admiten interpretaciones y respuestas culturales distintas. 

Las violencias estructurales a/hacia/contra la mujer son un problema de la sociedad en su conjunto, no sólo de las mujeres. En la agenda 2021 priorizaría aportar a una construcción cultural más equitativa fundando un nuevo pacto social, trabajando mancomunadamente todos –justicia, salud, educación, asistencia social- en la prevención y contención; para atemperar/erradicar las violencias hacia la mujer, consolidando sus derechos, creando las condiciones para una verdadera equidad de géneros a los efectos de no ser tomadas como objeto de uso y abuso de poder.

Cabe abrir la pregunta acerca de la naturaleza misma del ser humano y sus fragilidades y la cuestión de la dimensión de responsabilidad subjetiva, en tanto ‘cuidarse con los otros’. Creo que la enfermedad de la época es la deshumanización, hoy se dificulta la configuración del semejante humano. Lo relacional ha devenido traumático. Por los efectos colaterales sería pertinente interrogarnos ¿Quién/qué es el otro en la actual coyuntura epocal? ¿Qué significa el otro para cada quién? ¿La otredad es vivenciada como peligrosa o amenazante? ¿Qué nos está pasando en los ‘des-encuentros’ con el semejante? 

El “semejante” corre el riesgo de transformarse en un “prójimo” ajeno y peligroso y por ende no se lo puede alojar emocionalmente.  En esta coyuntura el desamparo conmueve los cimientos en que se sustenta una vida, quedando la sensación de perder el sostén del entorno humano, sintiéndose ‘abandonado’ por la ausencia de ligaduras afectivas significativas.  En la vivencia de soledad queda insatisfecha la necesidad emocional de conectarse con otros mortales y puede traer como correlato sumirse en el aislamiento o la demanda indiscriminada de vínculos.

La cuestión de la alteridad es uno de los grandes desasosiegos de la actualidad, y es llevado al acto.  La intolerancia a lo otro del otro comporta resquebrajamiento del lazo social. El entramado perverso de la sociedad se caracteriza por despojar la subjetividad del otro/a–otros/as para hacerl@/s transitar por un proceso de nadificación convirtiéndolo en objeto con el objetivo de dominarl@/s. Por la pérdida de autoridad se aspira a la sumisión y servidumbre como emblema de poder.

 Las relaciones perversas dan cuenta de un entramado a predominio del par "dominación - sumisión" (dentro de los grupos, instituciones, en las familias, etc.). Cada vez hay más sujetos vulnerabilizados, vulnerabilización producida por dispositivos de dominación. Somos testigos de vínculos psicopatológicos, de trastornos o patologías del apego donde el problema es que en pro de una supuesta protección se está bajo la fuerza posesiva de otro en el mejor de los casos (ya que en otros es una aspiración de la prolongación de sí mismo). La cualidad de la conflictividad dada en la intersubjetividad hoy lleva a repensar en la banalización del mal pero también –y esto lo destaco- del bien.

Hay ecuaciones psico-sociales que llevan a las violencias, estas violencias son conductas sintomáticas que se incuban en la sociedad. Diría que no solo se está atentando contra los Derechos Humanos… pasa a ser una cuestión de Salud Pública comunitaria.

Se observa que en el siglo XXI el prójimo se ha ido tornando objeto para la satisfacción pulsional. Hoy los diques se han roto y se intenta a su vez que haya un borramiento de regulaciones. Vivimos en una cultura del exceso, en un mundo en el que todo se convierte en posible. Las únicas leyes que parecen actuar son las propias. De allí la multiplicidad y gravedad de las violencias basadas en género.  ¿Qué nos pasa? ¿Hemos enloquecido tod@s?

La equidad de géneros es una cuestión de Derechos Humanos y la responsabilidad de promoverla ataña a la sociedad toda. En la dialéctica del amo y del esclavo la disipación de la disponibilidad del otro a la co-dependencia pasa irasciblemente al acto. Pagar con la vida es el precio para amortizar la ofensa de haber desertado de una relación (o pretenderlo) o, resistirse a la dominación. El placer en juego de las pulsiones agresivas es controlar y dominar al otro, que se convierte en objeto con rostro humano aterrado, des-subjetivado y menospreciado. 

Así, las violencias hacia las mujeres quedan encuadradas como un problema complejo, que requiere intervenciones multidimensionales.

La mujer hoy es un bien jurídico a proteger. Los aciertos normativos suelen ser declamativos, no siempre se ven traducidos en las prácticas (desconocimiento en los distintos fueros judiciales, resistencia para aplicarla, etc.). Se dictan sentencias pero se resuelven pocos conflictos No cesan las violaciones a las órdenes judiciales de restricciones de acercamiento. La realidad prueba que no se demuestra ningún respeto por los instrumentos legales formulados para la protección de derechos vulnerados de las mujeres. Desafortunadamente las mujeres terminan quedado como personas bajo custodia, tuteladas; o, que se inscribe en las páginas policiales, ingresando en el terreno de la seguridad y política criminal en desmedro de la salud publica comunitaria. Si se banalizan las injusticias del sistema social, va instalándose la anomia. El desafío a la ley ya es un ingrediente constituyente del discurso colectivo que como un sistema de representaciones, valores o comportamientos porta connotaciones de perversidad. Con tal desprecio a la ley ¿hacia dónde vamos como sociedad?  Es indispensable avanzar en un cambio cultural, es preciso profundizar en estrategias novedosas que superen la tentación punitivista de carácter civil y penal que pocas respuestas han dado a las mujeres y sus derechos. 

Vivimos en una sociedad en conflicto con la ley. Preocupa la erotización de la agresión y la destrucción y la ausencia de sentimiento de culpa. El “punitivismo” como única estrategia no funciona. Aún no se ha logrado articular y coordinar acciones eficaces. La ‘cruzada’ contra las violencias no puede realizarse exclusivamente desde el Derecho. En un estado de derecho –con el deber de instrumentar los principios y garantías consignadas en la Constitución Nacional- este terreno es una cuestión también de Salud Pública como responsabilidad compartida ante la contingencia de desfallecimiento de una comunidad toda que continúa asistiendo a funerales de mujeres. 

La ley regula la convivencia de asuntos humanos. Las relaciones vinculares son llevadas cada vez más a los estrados judiciales en búsqueda de respuestas a una conflictividad cada vez más creciente. Sobrevuela que se espera que la ley sancione para sostener alguna regulación. Los hechos van por delante de las legislaciones. Lo que dis-funciona ingresa en el universo tutelar. Pero tenemos que cuidar que no sean ficciones jurídicas. El femicidio como síntoma social da cuenta de la imposibilidad del hombre para el abordaje de lo femenino que se le ha tornado ‘indomable’, ‘ingobernable’. 

Está a la vista que los mecanismos de control social tienen falencias. No obstante, no se puede convivir permanentemente en situación de ‘policiamiento’ y ‘judicialización’ social. Sería deseable que en la sociedad pospatriarcal se aspirare a una dialectización dinámica de géneros desde una nueva ética de género. Impera instaurar ‘Pactos civilizatorios’ donde el espíritu colectivo nos conduzca a experiencias solidarias de cuidado comunitario, a un ‘todos nos-otros’ para resolver cuestiones de fondo, estructurales y cotidianos que permitan salir de la indiferencia bregando por la edificación de un lugar digno para todos y cada un@. La vida en comunidad requiere ajuste a normas conllevando renuncias, implicando ceder alguna satisfacción personal

El filósofo Badiou sostiene que un acontecimiento es un quiebre del campo del saber de una situación, con el acontecimiento emerge una verdad no considerada. Estamos frente a un cambio de paradigma que podría considerarse ‘acontecimiento’.

La disyunción Salud Pública-Seguridad tornan los esfuerzos en estériles ensayos que no atemperan ni siquiera temporalmente el colapso. En esta guerra fratricida debemos trabajar para rescatar también a los violentos. El lazo social es posible si se logra domeñar los des-bordes pulsionales. El abordaje de los agresores es una cuestión de salud comunitaria. Nos ataña hacer la experiencia de trabajar con sujetos victimarios de fenómenos violentos con la mira puesta en la prevención de recidivas que terminan solo judicializándose.  Que sean pensados y tratados dentro del ámbito de la Salud Pública como si ambas cuestiones fueran antinómica la tornan un latido sintomático. 

Recapitulando.  El malestar de la mujer (y del varón) se ha hecho cultura. Mujeres y hombres debemos dirigirnos hacia un cambio del orden social existente. No se trata solamente de menguar la ‘guerra’ entre los sexos y géneros. Sino de innovar en las formas de organizar en convergencia la vida de mujeres y hombres (en todas sus diversidades), propendiendo a la dignidad horizontal, a que el respeto por el otro (no yo) sea un valor, propagando el aprecio por su vida.

Dejo para reflexionar la parábola El Dilema del Erizo (Schopenhauer): “Durante la era glacial, muchos animales morían por causa del frío. Los erizos, percibiendo la situación, resolvieron juntarse en grupos, así se abrigaban y se protegían mutuamente, más las espinas de cada uno herían a los compañeros más próximos, justamente los que ofrecían más calor. Por eso decidieron alejarse unos de otros y comenzaron de nuevo a morir congelados. Entonces precisaron hacer una elección: o desaparecían de la Tierra o aceptaban las espinas de los compañeros. Con sabiduría, decidieron volver a estar juntos. Aprendieron así a convivir con las pequeñas heridas que la relación con un semejante muy próximo puede causar, ya que lo más importante era el calor del otro y así lograron sobrevivir”.

Moraleja: Dentro de la actual matriz social rescatemos que el rostro de un otro humano que refleje mejor alojamiento del semejante forja constituciones psíquicas más prósperas para que desembarquen en aventajadas condiciones las generaciones por-venir.


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