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La guerra en primera persona: Carlos Garrido, a 30 años, su experiencia, su dolor

Carlos Garrido, hoy
Los integrantes del Centro de Veteranos de Guerra “Islas Malvinas” de nuestra ciudad han decidido contar sus experiencias personales sobre el conflicto del Atlántico Sur, treinta años después, como una forma de dejar plasmado lo que significó para ellos ese trágico episodio en la historia argentina.
LA VERDAD entrega hoy a sus lectores, el testimonio de Carlos Garrido quien al momento del inicio del conflicto estaba realizando el Servicio Militar Obligatorio en el Regimiento de Patricios siendo movilizado el martes 13 de abril de 1982. El primer destino en Malvinas fue la zona del aeropuerto y en este punto rememora Garrido un hecho traumático “Al mediodía hubo una orden de salir de ahí, del costado de la costa del aeropuerto (A Dios gracias, porque allí fueron los bombardeos del 1 de mayo), nos mandaron para adentro. Cerca de ahí, nos hicieron armar una carpa y que nos quedáramos. Me mandaron a hacer una guardia y la carpa estaba toda mojada. Fue ahí cuando quise suicidarme, pero pensé en mi vieja… después vino un oficial, me pegó un cachetazo y me hizo correr para que entrara en calor y me dio un jarrito con cognac. No podía hablar, no podía doblar los dedos, estaba congelado. Estábamos todos en la misma, pero en ese momento me agarró a mi”.
Carlos Garrido junto
a otro compañero
en el patio de armas del
Regimiento Patricios antes
 de partir a Malvinas
“Habían pasado cuatro o cinco días y ya estábamos acostumbrados al frío, a la mugre. Ya había logrado ir de cuerpo sin papel higiénico; a veces usaba sobres de carta, pero eso fue mucho más adelante, cuando comenzaron a llegarme”, rememora el ex combatiente y agrega: “Si la guerra duró 74 días, habré estado en ese lugar 64 más una semana que estuve de prisionero. Volví el 22 de junio. Todo esto está escrito, día a día, en el pozo de Malvinas; lo escribió un compañero que lo dejó enterrado, envuelto en plástico porque los ingleses te sacaban todo”.

Prisionero

“Yo volví como prisionero de los ingleses”, recuerda.
“Me acuerdo –dice Garrido- de haber pasado varias revisaciones por parte de ellos. Veníamos caminando en fila y traíamos un arma dividida que la tiramos para un costado. A uno le encontraron un chocolate “Águila” y un soldado se lo sacó, no entendíamos por qué no podía tener un chocolate. Quizás lo quería para él, pero un cabo primero que estaba con nosotros se lo agarró enseguida y lo pisó, no lo comemos nosotros, pero ellos tampoco”.
Y siguió relatando: “Nos llevaron a un buque inglés en gomones y nos mandaron a la bodega. Allí me encontré con un amigo de la infancia. Nos dieron de comer una especie de carne con un pancito lactal. Pudimos afeitarnos y pusieron tablas con baldes de agua para lavarnos. Le sacaron toda la autoridad a los cuadros suboficiales: éramos todos iguales. Bajamos en Puerto Madryn, en fila”.

Un largo camino a casa

“Nos hicieron correr y rápido entrar en un galpón. Nos dieron un mate cocido y pan. Nada había cambiado, habíamos hecho todo el sacrificio para volver a lo mismo. Fue como separarse y tratar de reconquistar a tu pareja, sea hombre o mujer, y decir “vuelvo” y es siempre la misma historia. Pero no había solución, era nuestro país”, señala Garrido cuando habla sobre el regreso al continente tras la guerra.
Y agrega: “De ahí algunos se fueron en un avión, a mi me metieron en otro. Yo quería comer otro pan ¿Sabes lo que era comer un pan? estaba muerto de hambre, pero me gritaban que fuera, que se iba el avión. A todo esto seguíamos con la misma ropa, doloridos, no podíamos caminar por los “pies de trinchera”. Sólo queríamos volver a casa. En el Palomar nos tuvieron un par de días incomunicados, porque no teníamos teléfonos. Sí había uno público; como en mi casa no había teléfono llamaba al de una vecina, pero atendía y se cortaba”.
“Esos días ni comí. Estaba el Mundial y había una tele color para verlo. Nos dieron de comer de todo. Era como que nos tenían que tranquilizar. Nos hicieron bañar, nos cambiaron la ropa: lo que pedíamos nos daban. Yo estaba con fiebre y vómitos, casi cuarenta de fiebre y no me podía levantar de la cama. Nos hicieron firmar un papel que decía que “Nada había pasado”, algo así, porque sino no salíamos. Firmamos, la cuestión era salir”, recordó.
“Vimos gente afuera que quería saber. Después me enteré que entre esa gente estaba mi viejo había ido desde mi casa, que era lejos, para ver si me veía. Lo hizo por contactos militares, pero no lo dejaron pasar. De El Palomar, luego de dos días, fuimos al Regimiento, todos bañaditos y cambiados, pero todavía con mugre pegada, si ni siquiera habíamos usado papel higiénico. No salía por más que nos laváramos”, siguió comentando Garrido al referirse al regreso al continente.
Más adelante en su relato, detalla el reencuentro con su familia al arribar al Regimiento Patricios en Capital Federal: “Me acuerdo la cara de mi vieja, abrazándome y yo que no podía hablar. Esto fue el 22 de junio. Mis hermanas saltaban y mi vieja me miraba para ver si estaba entero. Creo que algunas palabras cruzamos. Lo primero que hice fue irme al club, quería ver a mis amigos. No fue nada de lo que yo esperaba, fue como si me hubieran visto ayer. Algunos me miraban con caras como diciendo “volvió”.
Pero esa vuelta también resultó traumática: “Después vinieron cuarenta días en los que no me bajaba la fiebre; llegué a estar internado, no podía moverme, ni caminar porque continuaba sufriendo pies de trinchera. Empecé a ir todos los días al hospital, dos enfermeras me masajeaban las piernas; también me daban ejercicios respiratorios. Era todo producto de los nervios, es el día de hoy que me pongo nervioso y me falta el aire”.

La reinserción

“A la semana de volver –cuenta-, yo ya quería trabajar; retomar mi puesto en el taller de refrigeración donde estaba antes de la guerra. Volví, retomé el taller, y a fin de año fui a pedir trabajo como veterano de guerra. Me mandaron a la Cámara Electoral. Allá trabajaba de 13 a 19. Todo el día escribiendo a máquina las tarjetas de las elecciones. Luego de un tiempo, dejé el taller y, como tenía amigos que eran dueños de una confitería en el centro, me quedaba con ellos hasta las 5 de la mañana. Veinte años, soltero, no tenía que darle explicaciones a nadie. Incluso mi viejo, cuando llegué, me puso un paquete de dólares en la mano y me dijo “No trabajes, andá y gastalos”. Se la devolví. No me interesaba”.
“Muchas veces –agrega- me invitaron a lugares, a cafés concert, que cuando entraba me aplaudían por haber estado en Malvinas. Pero a mi esa situación me avergonzaba. Era esa vergüenza que nos hicieron sentir al volver porque habíamos perdido la guerra, toda una cuestión psicológica. Yo era pibe, no entendía nada y empecé a decir cada vez menos que era veterano de guerra. Después sí me hizo bien alistarme en los centros de veteranos, porque ya no me sentía solo. Fue muy bueno”.
“Así siguió mi vida, siempre perdido; siempre que llegaba un 2 de abril era llorar y llorar, desaparecer de todos lados. Pasé noches enteras sin dormir, no podía; de hecho, hoy en día soy de dormir muy poco. Mas de veinte años después, logro estabilizarme laboralmente desempeñándome en el área Veteranos de Guerra dentro del PAMI”, cerró Garrido su relato.






















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