Las raíces de don Atahualpa Yupanqui en los pagos de Roca

Héctor Roberto Chavero Haram nació el 31 de enero de 1908 en la provincia de Buenos Aires, precisamente en el paraje conocido como Campo de la Cruz, y fue registrado en Pergamino, ciudad distante a 30 km de allí y 224 km al noroeste de Buenos Aires. Su padre era originario de la ciudad de Loreto, ubicada en la provincia de Santiago del Estero, y tenía sangre quechua. Su madre era vasca española.
Los primeros años de su infancia los pasó en Agustín Roca, donde su padre trabajaba en el ferrocarril.
Allí sus días transcurren entre los asombros y revelaciones que le brinda la vida rural y el maravilloso descubrimiento del mundo de la música, al que se acerca a través del canto de los paisanos y el sonido de sus guitarras: "(...) mientras a lo largo de los campos se extendía la sombra del crepúsculo, las guitarras de la pampa comenzaban su antigua brujería, tejiendo una red de emociones y recuerdos con asuntos inolvidables. Eran estilos de serenos compases, de un claro y nostálgico discurso, en el que cabían todas las palabras que inspirara la llanura infinita, su trebolar, su monte, el solitario ombú, el galope de los potros, las cosas del amor ausente. Eran milongas pausadas, en el tono de do mayor o mi menor, modos utilizados por los paisanos para decir las cosas objetivas, para narrar con tono lírico los sucesos de la pampa. El canto era la única voz en la penumbra (...) Así, en infinitas tardes, fui penetrando en el canto de la llanura, gracias a esos paisanos. Ellos fueron mis maestros. Ellos, y luego multitud de paisanos que la vida me fue arrimando con el tiempo. Cada cual tenía 'su' estilo. Cada cual expresaba, tocando o cantando, los asuntos que la pampa le dictaba" ("El canto del viento", I).
Y la guitarra será un amor constante a lo largo de toda su vida. Luego de un breve y fracasado intento con el violín, comienza a tomar clases de guitarra con el maestro Bautista Almirón, y allí queda marcado a fuego su destino y su vocación. Descubre, además, la existencia de un vasto repertorio que excedía los temas gauchescos.
"Muchas mañanas, la guitarra de Bautista Almirón llenaba la casa y los rosales del patio con los preludios de Fernando Sor, de Costes, con las acuarelas prodigiosas de Albeniz, Granados, con Tárrega, maestro de maestros, con las transcripciones de Pujol, con Schubert, Liszt, Beethoven, Bach, Schumann. Toda la literatura guitarrística pasaba por la oscura guitarra del maestro Almirón, como derramando bendiciones sobre el mundo nuevo de un muchacho del campo, que penetraba en un continente encantado, sintiendo que esa música, en su corazón, se tornaba tan sagrada que igualaba en virtud al cantar solitario de los gauchos" ("El canto del viento", II).
Sus estudios no pudieron ser constantes ni completos, por diversos motivos: falta de dinero, estudios de otra índole, traslados familiares o giras de concierto del maestro Almirón, pero como él mismo señala estaba el signo impreso en su alma, y ya no habría otro mundo que ése: ¡La Guitarra! "La guitarra con toda su luz, con todas las penas y los caminos, y las dudas. ¡La guitarra con su llanto y su aurora, hermana de mi sangre y mi desvelo, para siempre!" ("El canto del viento", II).
En los diarios de Junín

A la muerte de su padre, don Atahualpa Yupanqui tuvo que abandonar sus estudios y su idea de ser médico y se dedicó totalmente a la guitarra como medio para ganarse la vida. Previamente había concretado un fugaz paso como corrector en el diario LA VERDAD.-
Inclusive, con motivo de preparar un suplemento por los cien años de Sociedad Coemrcio e Industria de Junín, en 2012, tuve oportunidad de conversar con una nieta de Moisés Díaz, gerente de la entidad empresaria durante tres décadas quien me comentó que su abuelo conoció a Atahualpa cuando era aún Roberto Chavero y trabajaba como linotipista en el diario "El Mentor", allá por la década de 1920 e inclusive intercambiaron cartas un tiempo después que el folklorista dejara la ciudad para abrise nuevos horizontes y convertirse en juglar del arte popular.


El que viene de lejanas tierras

Atahualpa Yupanqui (en quechua, el que viene de lejanas tierras para decir algo), seudónimo de Héctor Roberto Chavero Haram (Pergamino, 31 de enero de 1908 – Nîmes, 23 de mayo de 1992) fue cantautor, guitarrista, poeta y escritor argentino.
Se le considera el más importante músico argentino de folclore. Sus composiciones han sido cantadas por reconocidos intérpretes, como Mercedes Sosa, Alberto Cortez, Pedro Aznar, Los Chalchaleros, Horacio Guarany, Jorge Cafrune, Alfredo Zitarrosa, José Larralde, Víctor Jara, Ángel Parra, Jairo, Andrés Calamaro, Divididos, Marie Laforêt, Mikel Laboa, Soledad Pastorutti, Federico Pecchia y Enrique Bunbury entre muchos otros, y siguen formando parte del repertorio de innumerables artistas, en Argentina y en distintas partes del mundo.
En 1986 Francia lo condecoró como Caballero de la Orden de las Artes y las Letras.
Pero mucho antes de este camino que lo posicionó fuertemente en el mundo, en 1917 su familia se trasladó a Tucumán. La temprana muerte de su padre lo hizo prematuramente jefe de familia. Jugó tenis, boxeó y se hizo periodista. Fue improvisado maestro de escuela, luego tipógrafo, cronista, músico y fundamentalmente, agudo observador del paisaje y del ser humano.
A los 19 años de edad, compuso su canción "Camino del Indio". Emprendió un viaje a Jujuy, Bolivia y los Valles Calchaquíes. En 1931 recorrió Entre Ríos, afincándose un tiempo en Tala. Participó en la fracasada sublevación de los hermanos Kennedy, en la cual estuvieron envueltos también el coronel Gregorio Pomar y Arturo Jauretche, que inmortalizó la patriada en su poema gauchesco El Paso de los Libres. Después de esta derrota debió exiliarse en Uruguay.
Pasó por Montevideo, para luego dirigirse al interior oriental y el sur del Brasil. En 1934 reingresó a la Argentina por Entre Ríos y se radicó en Rosario (Santa Fe).
En 1935 se estableció en Raco, provincia de Tucumán. Pasó brevemente por la ciudad de Buenos Aires —donde diversos intérpretes comenzaban a popularizar sus canciones— para actuar en radio. Recorrió después Santiago del Estero, para retornar por unos meses a Raco en 1936. Realizó una incursión por Catamarca, Salta y Jujuy.
Más tarde visitó nuevamente el Altiplano en busca de testimonios de las viejas culturas aborígenes. Retornó a los Valles Calchaquíes, recorrió a lomo de mula los senderos jujeños y residió por un tiempo en Cochangasta, provincia de La Rioja. A causa de su afiliación al Partido Comunista su obra sufrió la censura durante la presidencia de Juan Perón, fue detenido y encarcelado varias veces.
Al respecto ha dicho Yupanqui: «En tiempos de Perón estuve varios años sin poder trabajar en la Argentina... Me acusaban de todo, hasta del crimen de la semana que viene. Desde esa olvidable época tengo el índice de la mano derecha quebrado. Una vez más pusieron sobre mi mano una máquina de escribir y luego se sentaban arriba, otros saltaban. Buscaban deshacerme la mano pero no se percataron de un detalle: me dañaron la mano derecha y yo, para tocar la guitarra, soy zurdo. Todavía hoy, a varios años de ese hecho, hay tonos como el Si menor que me cuesta hacerlos. Los puedo ejecutar porque uso el oficio, la maña; pero realmente me cuestan.» 
Atahualpa se fue a Europa en 1949. Édith Piaf lo invitó a actuar en París el 7 de julio de 1950. Inmediatamente firmó contrato con "Chant du Monde", la compañía de grabación que publicó su primer LP en Europa, "Minero soy", que obtuvo el primer premio de Mejor Disco de la Academia Charles Cros, que incluía trescientos cincuenta participantes de todos los continentes en el Concurso Internacional de Folclore. Posteriormente, viajó extensamente por Europa.
En 1952, Yupanqui regresó a Buenos Aires, donde rompió su relación con el Partido Comunista, lo que hizo más fácil para él concertar actuaciones en radio. Mientras que con su esposa Nenette construía su casa de Cerro Colorado (Córdoba), Yupanqui recorría el país.
El reconocimiento del trabajo etnográfico de Yupanqui se generalizó durante la década de 1960, y con artistas como Mercedes Sosa y Jorge Cafrune grabaron sus composiciones y lo hicieron popular entre los músicos más jóvenes, que se refieren a él como Don Ata. Yupanqui alternaba entre sus casas en Buenos Aires y Cerro Colorado, provincia de Córdoba. Durante 1963 y 1964, realizó una gira por Colombia, Japón, Marruecos, Egipto, Israel e Italia.
En 1967 realizó una gira por España estableciéndose finalmente en París. Volvió periódicamente a la Argentina y apareció en Argentinísima II en 1973, pero estas visitas se hicieron menos frecuentes cuando la dictadura militar de Jorge Videla llegó al poder en 1976.
En 1985 obtuvo el Premio Konex de Brillante como mayor figura de la historia de la música popular argentina.
En 1986 Francia lo condecoró como Caballero de la Orden de las Artes y las Letras. En 1987 volvió al país para recibir el homenaje de la Universidad Nacional de Tucumán. Debió internarse en Buenos Aires en 1989 para superar una dolencia cardíaca, pese a lo cual en enero de 1990 participó en el Festival de Cosquín. Sin embargo, a los pocos días Yupanqui cumplió un compromiso artístico en París. Volvió a Francia en 1992 para actuar en Nîmes, donde se indispuso y falleció el 23 de mayo. Por su expreso deseo, sus restos fueron repatriados y descansan en Cerro Colorado.

 Canciones más conocidas

De las 325 canciones de su autoría registradas oficialmente, pueden citarse La alabanza, La añera, El arriero, Basta ya, Cachilo dormido, Camino del indio, Coplas del payador perseguido, Los ejes de mi carreta, Los hermanos, Indiecito dormido, Le tengo rabia al silencio, Luna tucumana, Milonga del solitario, Piedra y camino, El poeta, Las preguntitas, Sin caballo y en Montiel, Tú que puedes, vuélvete, Nada más, Viene clareando y Zamba del grillo, entre muchas otras.

Libros

Atahualpa Yupanqui.Piedra sola (1939) Aires (1943) Cerro Bayo (1953) Guitarra (1960) El canto del viento (1965) El payador perseguido (1972) Del algarrobo al cerezo (1977) Confesiones de un payador (Ediciones Galerna) (1984) La palabra sagrada (1989) La capataza (1992) La canción triste Coplas del payador perseguido (Rama Lama Music España, 2007).



Roberto Chavero, tras los pasos de su padre

Después de tanto tiempo se hizo realidad la visita de Roberto Chavero.  En 2010 por gestiones del Grupo de Turismo Rural, Agustín Roca, Sabores y Tradición se concretó la misma.
Uno de los objetivos del grupo es trabajar sobre la obra de  Don Atahualpa y su paso por Agustín Roca.
Roberto Chavero llegó el viernes 10, cerca del mediodía a la localidad de Agustín Roca, lo esperaron en la Estación miembros del grupo Agustín Roca Sabores y Tradición, el Delegado Municipal Juan José Macchiavello,  vecinos de la localidad.  La Sra. Lita Martinelli le mostró la estación, le contó anécdotas rescatadas de cuando vivió su padre en este lugar, los chicos del comedor le cantaron acompañados con la guitarra una canción y el hizo lo mismo hacia los allí presentes. Fue un momento de honda emoción, donó libros a la Biblioteca El Tren de la Lectura y después se dirigió acompañado por los presentes a la Escuela, toda una sorpresa para los directivos, docentes y alumnos que estaban por festejar el acto conmemorativo del "Día del maestro".

Palabras de Roberto Chavero

La Directora presentó al visitante, quien expresó su emoción en conocer el lugar en donde vivieron sus abuelos y su padre.
Algunos de sus conceptos"..: la humildad de un origen no limita, mi papá nunca tuvo vergüenza de ser hijo de una familia humilde y trabajadora ..." "...sin embargo nunca se apartó de los libros y la lectura de aprender, vivió aprendiendo hasta que se murió, pero gracias a esto de aprender, tener interés por todo lo que la vida nos ofrece, para conocer de todo,  él pudo recorrer el mundo gracias a su arte, pero su arte al tocar la guitarra no era solo una habilidad técnica, sino que su arte estaba fundamentado en lo que aprendió a lo largo de la vida..." .Concluyó su mensaje expresando "... yo creo que lo importante es la paz"  .
Resaltó que ellos tienen el mandato de hacer conocer la obra yupanquiana a través de libros, charlas, dvd y distintos materiales que están a disposición de la institución y de la biblioteca de la estación.


Agasajo

Como no podía faltar fue agasajado con los tradicionales fiambres de Roca en un almuerzo al cual asistieron otros vecinos con fotos e historias de la época en que Don Atahualpa vivió en Roca. Fue también otro momento de mucha emoción.
Con esta visita se abrió un vínculo más estrecho de trabajo mancomunado con la Fundación Yupanquiana, el Grupo de Turismo Rural y vecinos de Agustín Roca que hace tiempo buscaban hacer conocer algo tan importante como que Don Atahualpa comenzó a abrazar la guitarra en dicha localidad.

(Fuente: Agustín Roca.com.ar (ver link) )


Agustín Roca, entre la tierra y el cielopor Roberto "Coya" Chavero
Una mañana de lluvia intensa nos arrimó a Agustín Roca. La noche anterior, Vedia escuchó nuestras canciones y poemas, dejando en nosotros una emoción silenciosa. No queríamos quebrar con comentarios la serena dicha de la tarea cumplida. Mi compañero, silencioso como siempre, mucho ayudó en esto. Mi natural fervor tal vez me hubiera empujado a romper la quietud que sigue al ritual del canto y la música.
Los campos bajo la lluvia parecían quietos, inmóviles, dejando que la tierra abriera sus poros para saciar la sed de las semillas y de las raíces. Los trigales, asustados de que no fuera demasiada agua para ellos. Los chacareros en los galpones realizando tareas a la espera del final del aguacero.
La ruta no cambió su rutina de tránsito de camiones y autos devorando kilómetros para llegar a destino. El parabrisas empecinado en empañarse nos obligaba a mantenerlo limpio y nos ponía  una tensión que sola se disipó cuando el cielo dijo basta y empezó a escampar.
No sé porqué, nos pasamos de largo. No vimos los carteles, ni el camino asfaltado de ingreso, ni la arboleda que anuncia la presencia de un poblado en el horizonte de la pampa. LLegamos  a Roca  por una calle de tierra. Nos asomamos por detrás del terraplén de las vías. Unas vías que están mudas desde hace muchos años, dejando al pueblo en silencio, sin la aventura de la llegada del tren, vacío de murmullos el andén, desaparecida aquella curiosidad de ver a los recién llegados. Los galpones del ferrocarril, la estación ordenada, como una Penélope que aguardara a sus viajeros, ajena al tiempo y a los tiempos. Entramos al espacio de la estación y empezaron a salir algunas personas  de adentro. Dos niños con sus guitarras nos recibieron con rasguidos criollitos como sus rostros. La tímida alegría de los poblados campesinos en las gentes que nos dieron la bienvenida. Lita con sus ochenta y tantos años nos recibió en nombre de todos.

Mujeres de aspecto criollo y humilde la acompañaban; nos condujeron por las dependencias de la estación, orgullosas de la tarea que allí realizan. Nos mostraron la cocina, un lugar que está intacto a pesar del tiempo transcurrido.
Allí preparó mi abuela las comidas para la niñez de mi padre y de mis tíos; allí se mezclaban los aromas de comida con olores de pastos mojados, de  cereales recién cosechados; los ruidos de ollas y platos con los relinchos de los caballos que tiraban los carros y con los cantos de los pájaros que andaban por los árboles   de la estación.
Un mundo de sensaciones me ganó el corazón y me sentí en un templo al que no quería agregarle nada: ni palabras, ni lágrimas, ni gestos. Dejar que un profundo  silencio fuera la mejor expresión de mi sentir. Dejar que ese mar avanzara en el alma hasta lo más profundo para guardarlo en ese cuenco que todos tenemos y al que nos asomamos solo cuando la vida aprieta.

Es nuestro tesoro más recóndito y sagrado. Nadie baja hasta allí. Solo nosotros podemos ver en su oscuridad y caminar cómodamente, sin tropiezos, porque solo para nosotros todo es claro allí. No me es posible imaginar al amor como algo brillante. Pienso en el vientre de las madres donde todo es tenue, donde los sonidos llegan como murmullos, y en el que la placidez es el continente de la vida. Paz y quietud y luz que no brilla y sin embargo alumbra.

(Fuente: página de la fundación Atahualpa Yupanqui (ver link) )

Semblanza del diario Página 12

El diario Página 12 en mayo de 2012 al cumplirse dos décadas de la muerte, publicó una biografía y trayectoria de Atahualpa sumamente completa que refleja cronológicamente su vida, su infancia y su llegada a Roca, su vuelta a Junín y la decisión de dedicarse a la música como medio de vida:
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/3-25291-2012-05-22.html

Ninguna tumba guardará su canto

El cantor, guitarrista, compositor y poeta murió en la madrugada del 23 de mayo de 1992, en Nimes, al sur de Francia. Su popularidad, construida a contramano de los cánones de la industria del espectáculo, lo erigió como representante de una estirpe de artistas.
Se cumplen mañana dos décadas de la muerte de Atahualpa Yupanqui. El aniversario redondo, como suele ocurrir, abre tanto el homenaje recordatorio –no tan extendido esta vez, a decir verdad– como el balance obligado: ¿qué significa –qué sigue significando– la figura de este cantor, guitarrista, compositor, poeta, para la cultura argentina? Icono y emblema, figura capaz de representar en una medida amplia la idea de “la cosa criolla”, el suyo fue un infrecuente caso de canonización en vida: Yupanqui era ya, al momento de su muerte, referencia ineludible, cita obligada, figura incuestionada a la que artistas de todos los géneros, no sólo el folklórico, reconocían como una suerte de guía o faro cultural. La suya fue una popularidad construida a contramano de los cánones de la industria del espectáculo, una figura trashumante que se erigió, más que como un artista, como representante de una estirpe de artistas, de un modo de entender el arte. Los veinte años transcurridos parecen haber cimentado, por un lado, esa biografía mítica que el mismo Yupanqui supo dictar, en obras como El payador perseguido y El canto del viento. Pero, por otro lado, muchos sostienen que la suya es una obra que aún no ha sido explorada ni reconocida en toda su dimensión.
Fue en la madrugada del 23 de mayo de 1992, en Nimes, al sur de Francia, cuando Yupanqui murió. Después de una actuación a teatro lleno, comenzó a sentirse mal. Murió sin haber podido cumplir el deseo de volver a radicarse en su país. Aunque había pedido que sus restos fueran cremados y no fueran repatriados, fue velado en el Congreso nacional, en un cajón cubierto por una bandera argentina. Las crónicas de la época reflejan la presencia de buena parte del elenco artístico local –además de Joan Manuel Serrat, quien se encontraba entonces en el país–, y ofrendas florales de todos los niveles de gobierno e instituciones de la cultura. “No hay otra forma de ser internacional que siendo profundamente provinciano”, decía entonces el catalán a la prensa. Una afirmación que, veinte años después y con la perspectiva que posibilita el paso del tiempo, parece describirlo con justeza.
Había nacido como Héctor Roberto Chavero el 31 de enero de 1908 en Peña, partido de Pergamino (provincia de Buenos Aires). Hijo de un empleado ferroviario, pasó su infancia entre diferentes paisajes, debido a los traslados laborales de su padre. La familia vivió primero en Agustín Roca, un caserío entre Junín y Rojas, de donde Yupanqui recordaría especialmente el contacto con las guitarreadas de la peonada que se reunía a matear después de las jornadas de trabajo. Allí estudió violín con el cura del pueblo. Un año después tomó contacto con Bautista Almirón, el maestro de guitarra que siempre recordaría, con el que conoció transcripciones de la música universal, que en su guitarra se anudaron con la música gauchesca.
A los 9 años, un nuevo traslado familiar, esta vez a Tafí del Valle, en Tucumán, le abrió a Yupanqui un universo nuevo, el que más tarde definiría como “el reino de las zambas más lindas de la tierra” (a ese paisaje volvería para nutrirse y cantarle). El suicidio de su padre, cuando el cantor tenía 13 años (un tema del que nunca hablaría) obligó a la familia a regresar a Junín. Allí, el joven Chavero comenzó a trabajar, mientras hacía la escuela secundaria, en los más variados oficios: arriero, mandadero, hachero, oficial de escribanía, corrector de pruebas en el diario del pueblo. En el colegio terminó de descubrir su vocación, y escribió sus “primeros, horribles sonetos, de una ingenuidad asombrosa” –contaría después– para la revista de la escuela, ya con el seudónimo de “Atahualpa Chavero”. No pasaría mucho tiempo hasta que firmara una monografía sobre los doce incas con el que sería su nombre. Desde entonces se nombró a sí mismo: “Venir de lejos, de la honda tierra”. “Haz de narrar, contarás. Atahualpa - Yupanqui.” Se bautizó con nombre y apellido que remitían a las dinastías incas: Atahualpa se llamaba el último inca reinante; Yupanqui fue el nombre que recibió uno de los incas que introdujo celebraciones que incluían actividades “gratas al pueblo”, como concursos de quena.
Su primera incursión artística en Buenos Aires, a los 18 años, no fue del todo buena. Un año después se animó a volver y llegó a grabar su primer disco, Camino del indio, incluido en un álbum con la promoción de yerba Safac. A fines de los años ’20 encontró sus primeras oportunidades como músico en pequeños escenarios, confiterías, escuelas, bibliotecas. En 1936 empezó a grabar para el sello RCA Víctor numerosos cantos y danzas, entre otros “La raqueña”, “La churqueña” y “Camino de los valles”. Más tarde firmó contrato con el sello Odeón, en el que permaneció durante más de cuarenta años, registrando 275 temas.
En 1945 se afilió al Partido Comunista en forma pública, en un acto en el Luna Park, junto a un grupo de artistas e intelectuales. Su permanencia durante siete años en este partido, en el que nunca ocupó un cargo, le valió la prohibición de actuar. Su discografía se interrumpió bruscamente, su música dejó de transmitirse por radio entre 1947 y 1952. Ese año, el artista renunció al PC, también en forma pública, a través de una carta publicada en el diario La Prensa.
Compartió sus últimos casi cincuenta años con la pianista nacida en Canadá, de nacionalidad francesa, Antonieta Paula Pépin Fitzpatrick, Nenette, una figura central en su vida. Públicamente, ella se escondió bajo el seudónimo de Pablo del Cerro, el nombre que aparece como autor de la música de decenas de obras de Yupanqui (entre ellas algunas muy emblemáticas como la “Chacarera de las piedras” o “Guitarra dímelo tú”). En su obra musical y poética, Yupanqui trazó un reflejo de país en una gran cantidad de canciones tan conocidas como “El arriero”, “Viene clareando”, “La añera”, “Milonga del peón de campo”, “Chacarera de las piedras”, “Recuerdos del Portezuelo”, “Le tengo rabia al silencio”, “Piedra y camino”, “Luna tucumana”, “Duerme negrito”. A éstas se suman libros como Piedra sola (1941), Aires indios (1943), Cerro Bayo (1946) –llevada al cine en 1965 con el nombre de Horizontes de piedra–, Tierra que anda (1948), El payador perseguido (1964), El canto del viento (1965), Guitarra (1972), Del algarrobo al cerezo (1977) y La capataza, editado el año de su muerte.
Sobre lo que cabalmente representó esta obra, y la figura de Yupanqui, para la música y la poesía argentinas, hay quienes sostienen que recién se está empezando a tomar certera dimensión de la huella que dejó impresa el creador, que sigue sin ser reconocida en su real dimensión. “Pero las grandes obras, como las grandes montañas o los grandes cuadros, necesitan una perspectiva, una distancia, y en este caso es de tiempo”, analizaba la guitarrista Suma Paz, quien se propusiera en vida como cultora y testimonio de esa gran obra.
Más allá de estas apreciaciones, es también cierto que, a veinte años de su muerte, la figura de Atahualpa Yupanqui continúa manteniendo un status mítico. Quizá porque, como ninguno entre los artistas del folklore cuando el género ya fue parte de la industria del espectáculo, emprendió una carrera –una vida– que entendió siempre como camino, tránsito, trashumancia. Y también como mandato, un destino tal vez no elegido, pero en todo caso honrado al ser puesto en práctica como oficio. “Nada resulta superior al destino del canto”, decía en el poema al que llamó así, “Destino del canto”. “Ninguna fuerza abatirá tus sueños, porque ellos se nutren con su propia luz. Se alimentan de su propia pasión. Renacen, cada día, para ser. Sí, la tierra señala a sus elegidos (...). Si tú eres el elegido, si has sentido el reclamo de tu tierra, si comprendes su sombra, te espera una tremenda responsabilidad. Puede perseguirte la adversidad, aquejarte el mal físico, empobrecerte el medio, desconocerte el mundo, pueden burlarse y negarte los otros, pero es inútil, nada apagará la lumbre de tu antorcha, porque no es sólo tuya. Es de la tierra que te ha señalado.”
“Sí, la tierra señala a sus elegidos y al llegar el final tendrán su premio”, concluye el poeta. “Nadie los nombrará, serán lo anónimo, pero ninguna tumba guardará su canto.” Aspiración cumplida en obras que suelen confundirse como versos populares, y que siguen renaciendo en cada guitarreada.















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