Malvinas y sus relatos treinta años después
| Miguel Martínez, al recibir su presente en el acto efectuado en el mes de abril de 2012 a 30 años de Malvinas |
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Tomás Szumilo y Laura
Escudero.
En agosto de 2010 se encontraron
el ex combatiente y quien, en 1982,
era una niña de las tantas
que había enviado sus
cartas al frente en las
Islas Malvinas.
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El portaaviones “25
de Mayo” en el que
estuvo embarcado
Luis Oscar Sosa.
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Los dramáticos momentos de la guerra
y la vuelta casa, según Sergio Herrera
El juninense estuvo en un buque de la Armada Argentina y recuerda aquellos días y las situaciones posteriores protagonizadas por los ex combatientes.
El juninense Sergio Jorge Herrera (clase 1962) fue incorporado en la Armada Argentina y destinado a un destructor.
“La Armada es más linda que tierra –comentó Sergio-, recibías otra formación, concejos, daban otro alcance y otra instrucción diferente que en tierra. Yo había pensado quedarme en la Marina, pero mi padre después de la Guerra de Malvinas no quiso que me incorpore”.
La historia de Malvinas
“Nos parecía que íbamos a hacer un juego –recuerda el juninense-. Eramos unos pibes y estábamos contentos por los que estábamos haciendo, embarcarnos para ir a defender un lugar que ni siquiera conocíamos. Todo lo que hacíamos en práctica como maniobras de práctica de repente pasaron a ser realidad ya no era un juego. En el momento del conflicto paso a dirigirnos un principal Ledesma, muy duro, que parecía no importarle nada de los que estaba pasando”.
Y agrega: “Sabíamos que íbamos a defender algo pero no sabíamos bien a qué. Estuvimos fondeados en las afueras de Mar del Plata y de ahí nos mandaron cubrir un puesto en Ushuaia a todo esto aún no estábamos viviendo nada raro para nosotros era un paseo una cosa linda. Hasta que nos dan aviso que estaba muy cerca de nosotros el crucero “General Belgrano” y nos mandan escoltarlo ya que nosotros teníamos equipos especiales de radares para detectar submarinos, algo de lo que carecía el Belgrano, pero obviamente no llegamos a nuestra misión: ya lo habían hundido, yo deje muchos amigos ahí”.
“A esta altura –señala- todo había cambiado, el clima que se vivía, los ánimos, el trato, todo era diferente, no fue agresivo físicamente, pero fue muy agresivo psicológicamente, mentalmente, fueron momentos bastante difíciles, no comparado con los compañeros de tierra pero fue bastante difícil”.
“Nosotros fuimos los últimos en retirarnos del lugar que teníamos como destino, me entero que había finalizado el conflicto cuando veo las luces de Mar del Plata. No fuimos a puerto estuvimos fondeados afuera de Mar del Plata dos o tres noches sin saber el motivo”.
No todo volvió a ser igual
“Cuando termina el conflicto –rememora el ex marino-, volvió a ser todo normal. Pero en realidad no era lo mismo que cuando entramos. Había un distanciamiento entre el personal que antes éramos como amigos, creo hoy que por un recelo de que no hicimos nada, nos miraban mal con recelo. Notábamos la mirada de ellos, diferente pero no podíamos entender la de nuestros propios compañeros. Y fue todo así un acostumbramiento hasta que nos dieron la baja. Nos dieron una licencia de un mes y nos hicieron una revisación médica exhaustiva, nos obligaron a tomar unas pastillas que obviamente nunca tomé, nos decían que era para mantenernos alertas”.
De esos días también rememora el juninense: “Hubo entre treinta y treinta y cinco días que nos mantuvimos despiertos entre nosotros mismos, nos manteníamos alertas y nos contábamos de nuestras vidas para no dormirnos, no necesitábamos de ninguna pastillita, había compañeros que lloraban mucho y se acordaba de la familia, y eso era muy fuerte. Te madura medio de golpe esto a pesar de que lo que yo viví en Malvinas no fue una situación tan difícil como la que pasaron mis compañeros, por eso yo los quiero muchísimo a todos”.
La vuelta a casa
A fines de junio de 1982, puede regresar a su Junín natal y sobre esto, recuerda: “El día que llegue a mi casa fue terrible, porque yo era vecino en esa época de Daniel Seitún. El colectivo nos dejaba en el Álamo como a las tres de la mañana y de ahí iba caminando hasta mi casa. Cuando llego no me di cuenta y paso por la casa de Daniel Seitun que vivía en la esquina y la mamá me vio que pasé vestido de marinero, y me tuve que parar para saludarla. Para ella era muy importante pero yo no tenía la seguridad de si él estaba vivo o no, no teníamos certeza de cómo podía estar. Fue un momento muy dramático!.
Después de llegar a mi casa, tras saludar a sus padres, señala de ese día: “A las siete de la mañana estaba lleno de vecinos y amigos, hasta que alguien aviso a los medios y fue un mundo de gente. Todos querían saber preguntar, no podía salir ni a la panadería y en ese momento, yo no tenía ganas de hablar con nadie solo quería estar con mi mamá y mi papá”.
“Yo en ese momento traía los papeles para que mis padres me firmen la autorización para incorporarme a la Armada, ellos pusieron los papeles en un sobre y escribieron un carta diciendo que lo lamentaban mucho pero no iban a entregar a su hijo a la Armada nuevamente”, rememora.
El tiempo
Tras la guerra, Sergio entra a trabajar como conductor de lomocotoras, durante doce años y dice: “Nunca más hable del conflicto, nunca más nadie me peguntó nada hasta que me encontré con una personas que sin saber ambos, habíamos pasado por lo mismo. Cuando yo me voy del ferrocarril, mis compañeros actuales me convocan para decirme que era tiempo de armar el Centro de Veteranos así que ahí iniciamos el primer centro con Bruno, Maza, Miguelito Martínez, en Primera Junta y Siria”.
“Hoy estoy felizmente casado con 7 hijos y cinco nietos hermosos. Estoy trabajando en la portería de una escuela que se llama Casa Huerta. Muy feliz allí entre como auxiliar y hoy por hoy soy y hago un poco de todo”, concluye en su relato.
Treinta años después, los ex combatientes de Malvinas presentan a la comunidad los relatos de sus vivencias en la guerra y reconstruyen aquellos tristes días.
Adolfo Imizcoz: “Estábamos
preparados casi hasta para morir”
El juninense estuvo embarcado en uno de los buques que transportó a los buzos tácticos que tomaron las islas el 2 de abril de 1982.
Adolfo David Imizcoz (clase 1962) y prestó servicio en la Armada, embarcado en el destructor “Hércules”.
El desembarco
“Yo era suboficial y el barco donde estaba junto con el “Santísima Trinidad” –rememora-, fue uno de los dos que transportaba a los buzos tácticos que tomaron las islas el 2 de abril. El 1 de abril, a las 10 de la noche estaba frente a Malvinas, a doscientos metros. Los que tomaron la isla bajaron a las 10 u 11 de la noche, rodearon la casa de gobierno y se armó un tiroteo, donde murió el capitán de Corbeta Pedro Edgardo Giachino”.
Recuerda Imizcoz que “todo comenzó el 27 o 28 de febrero en Mar del Plata. Estaba en un barco inglés que tenía la misma tecnología que toda la flota que después fue a Malvinas; el barco donde estaba yo era gemelo con la Sheffeld (barco que finalmente hundió la armada). El objetivo del operativo era saber el alcance que tenían los radares, sonares, misiles, antimisiles, etc”.
“Tras la licencia –sigue contando el ex combatiente- nos reincorporamos los primeros días de marzo y cargamos los barcos de alimentos, armas y combustible y el 29 ó 30 de marzo salimos a navegar.
“En ese momento –reconoce- me sentí eufórico. No sabíamos con qué nos encontraríamos, pero estábamos preparados. Creo que estábamos preparados casi hasta para morir”.
Preparado para morir
Imizcoz comenta que procedí “de una escuela militar desde los dieciséis años. Te lavan la cabeza en la marina. Del 79 al ´81 estuve en la ESMA, si veía uno con pelo largo era un extremista, un estudiante de filosofía, un dirigente sindical, un político era un zurdo. Desde esa óptica también te preparaban para arrastrarte con los codos, aprender a usar todo tipo de armas, lucha cuerpo a cuerpo, supervivencia y natación. Es otra mentalidad la de un soldado, estábamos preparados; eso creíamos”.
Pero sostiene: “Cuando empezó a llegar la flota inglesa, los gurkas, caímos en la realidad y empezamos a sentir miedo: nos van a matar, decíamos”, expresa a renglón seguido.
Ya había pasado el 2 de abril, y antes del 1 de mayo, navegábamos cerca de las costas de Sudáfrica y los vimos venir, nos dimos cuenta de lo que pasaba y sentimos miedo. Le escribí varias cartas a mi mamá diciendo que estaba todo bien, y en una carta que le envié a una tía, que era como mi mamá le puse “estamos hasta las manos”. A mi tía le dije la verdad y que la quería mucho, que le mandara saludos a mi vieja. Estaba preparado para morir. Hice clic y no me importaba nada: ya me había despedido y estaba con el salvavidas puesto en un barco. Estás muy limitado: en la tierra te tiran algo y disparas; en un barco, si se cae, nos caemos todos. Vivo gratis ahora, después de todo eso”.
El dolor por los amigos del Belgrano
En su relato, Imizcoz también rescata de la memoria el hundimiento del crucero “General Belgrano”. Y dice: “No había comunicación como ahora; el crucero estaba lejos de nosotros (en la zona de exclusión). Creíamos que los que estaban en el crucero tenían suerte porque era como un acorazado, tenía paredes de 60 centímetros “Si voy al crucero estoy salvado”, pensábamos. Nosotros ahí teníamos más que afectos, hermanos teníamos. Se salvaron creo que 600 ó 700, murieron 323. Aparecían listas y nosotros preguntábamos; estábamos muy pendientes y no aparecía ninguno, era una locura”.
“Tristeza e impotencia –agrega-. También, para esa época bombardearon el “Alférez Sobral”, un barco barreminas y los mataron a casi todos, y ahí también teníamos amigos. No teníamos a nadie que nos contuviera. Era la guerra pero fue algo muy duro; yo tenía un amigo…Todavía me duele”.
“Después seguimos navegando, hacíamos guardias, trabajábamos. Estábamos siempre en la línea de combate”, relató.
¿Cuándo terminó?
“No se terminó –dice en forma contundente el ex marino cuando hace referencia a la parte final del conflicto bélico-. Pero en el almanaque es medio extraño; no me acuerdo porqué quisieron tapar todo llevándonos a Ushuaia. El 14 de julio llegamos al puerto y nos dieron una especie de licencia”.
“Cuando volví –añade-, ni vine a mi casa, estaba como perdido. Llegué al puerto y nos fuimos a navegar. No querían que se supiera lo que nos había pasado: En Ushuaia nos dieron plata para que fuéramos a cabarets, que allí había mujeres. Nos llevaron a una excursión a esquiar; con turismo nos querían hacer olvidar. Creo, que hasta nos hicieron firmar algo sobre no contar nada sobre nuestras vivencias en la guerra”.
“En este momento –relata- yo empecé a tener la idea de irme de la Armada. Estaba desilusionado. A la vuelta, todavía me faltaba un año para terminar el secundario; me puse a estudiar, después de todo lo que había visto, quería volcarme a la vida civil”, sostiene.
Y el retiro de la Marina llegó en 1984. “El día que renuncié tuve una mezcla de sensaciones –cuenta- No hubo alivio, porque a mi me gustaba navegar, me gusta el mar. Todos los años me voy de vacaciones al mar, porque me gusta tocarlo, necesito tocarlo. Yo tenía como una comunión con él, pasé muchas horas mirándolo antes y durante la guerra. Era como un confesionario. Pensaba mucho en mis amigos del Belgrano, en dónde podían estar. Hay un círculo que no se cerró. Tenía, también, ganas de hacer otra cosa”.
“Hoy no siento que todavía estoy en guerra; pero a veces creo que exploto, por eso hago karate tres veces por semana, ahí descargo todo. Es que quedamos marcados; alguien nos puede ver en un asado todos juntos y decir "estos tipos están bien". No estamos bien, estamos controlados. Por suerte tuve muy buenas contención de mi familia. Mis hijos me han hecho muy bien. Está bueno contar esto, es una descarga”, se sincera Adolfo en la parte final de su relato.
El Centro de Veteranos de Guerra junto a la UNNOBA hizo realidad el jueves 14 de junio de 2012 su libro “Presente”, compilación de relatos, vivencias y anécdotas de ex combatientes de Junín.
Testimonios de Malvinas
José Luis Soto: Ser militar en tiempos de guerra
El relato del sargento ayudante José Luis Soto. La óptica de un soldado que eligió el Ejército, sabiendo las responsabilidades que ello traía aparejado. “Nosotros estábamos en el medio del campo combatiendo, ya casi sin municiones porque no teníamos forma de reponerlas. Nos bombardeaban día y noche. No dormíamos”, recuerda.
Los integrantes del Centro de Veteranos de Guerra “Islas Malvinas” de nuestra ciudad han decidido contar sus experiencias personales sobre el conflicto del Atlántico Sur, treinta años después, como una forma de dejar plasmado lo que significó para ellos ese trágico episodio en la historia argentina.
En la octava entrega de esta serie de notas, LA VERDAD presenta el relato de José Luis Soto quien actualmente tiene 60 años. Hace treinta años pertenecía a una unidad de paracaidistas de artillería que tenía asiento en Córdoba y en las Malvinas estuvieron emplazados en el Monte “Dos Hermanas”.
Carrera militar
Tenía el grado de sargento ayudante “y con toda mi predisposición, porque esto había sido mi voluntad, mi elección como forma de vida. Esto lo aclaro para que no se mezcle con el tema de los chicos, la experiencia, etc., que, por otro lado, no comparto de ninguna manera. Tengo mis fundamentos, como soldado: hubo cuadros de la misma edad, por lo cual pienso que la edad no se puede tomar como pretexto”, afirmó.
Nació en San Miguel de Tucumán, donde tras pasar por un colegio salesiano, abrazó la carrera militar siguiendo su vocación. Ingresó a las fuerzas armadas a los 15 años.
“Desde que ingresamos en las Fuerzas Armadas –recordó- nos inculcan la defensa nacional; tuvimos cursos en diferentes lugares donde nos preparaban, por ejemplo, para el conflicto, esa es la misión del Ejército. A eso de refiere este entrenamiento: no es a salir a pelear, sino a prepararse mentalmente para la función de cada uno, por ejemplo, no es para ir a la oficina o a vender algo, es para defender la patria”.
Estaba destinado en Córdoba cuando se convocó a su unidad por la Guerra de Malvinas, porque se necesitaba mandar una unidad de paracaidistas profesionales. “Si bien, como dije antes, estábamos preparados para esto, la sensación en esos días fue de incertidumbre. En lo que iba del siglo XX el Ejército no había participado de ninguna guerra. Por otro lado me sentía contento porque iba a satisfacer, y en plenitud, mi vocación. Fue una satisfacción muy grande participar en algo para lo que estaba preparado”.
Contó que su unidad era de artillería “y fuimos con 263 efectivos, me acuerdo de todo: tres baterías. La plana mayor y la parte de logística (cocineros, enfermeros, etc.). Lamentablemente, durante el conflicto fallecieron 4 soldados, y otros quedaron heridos; estos se recuperaron luego. Tuvimos suerte, porque los ingleses emplearon alguna munición no adecuada, por eso tuvimos pocas bajas; sino podríamos haber perdido fácil el 50%. Las municiones no nos llegaban, solo la onda expansiva de las explosiones. Eso nos salvó”.
Días terribles
“Hubo varios momentos de acción durante el conflicto, recuerdo muchos –señala-. Si tengo que mencionar uno puede ser hacia el final, que me sentí muy indefenso. El penúltimo día, para ser más exactos, no teníamos forma de defendernos, estábamos a la deriva. La cuestión era como llegar a rendirnos de la mejor forma posible”.
“Nosotros –sigue rememorando- estábamos en el medio del campo combatiendo, ya casi sin municiones porque no teníamos forma de reponerlas. Nos bombardeaban día y noche. No dormíamos. Esto sirve para quebrar la voluntad al enemigo: se los ataca en los horarios de descanso de los soldados, no se los deja reponerse. Entonces se los mata psicológicamente con el cansancio, con la incertidumbre, con el miedo. Y eso fue lo que nos hicieron en los últimos tres días. El bombardeo empezaba a las 10 de la noche y terminaba a las 6 de la mañana”.
“Fueron días terribles, porque uno no tenía lugar físico donde guarecerse por temor a ser alcanzado por un proyectil. En cualquier momento te podían matar, y ya sin combatir, porque los últimos días solo tratábamos de escondernos. Era un sálvese quien pueda. La situación me tenía realmente mal, no solo por mí; yo tenía siempre a dos soldados conmigo, que eran los que me seguían directamente, y después había quince más”, señaló..
Los días posteriores a la Guerra
Luego de la rendición fue tomado prisionero. “Pasamos muchísimo frío –recuerda Soto de aquellos días aciagos-, y no estábamos en condiciones de soportar nada. En mi caso, pude pasarlo mejor porque me mantenía, dentro de todo, en buen estado físico. Dormíamos cuando el sueño nos vencía, no estábamos bien arropados, teníamos una sola manta con la que nos envolvíamos. Luego de estos días nos mandaron a un barco inglés, que nos trajo al continente, hasta Buenos Aires.
“Recuerdo el malestar de ser prisionero, el menosprecio y esa frustración que uno tiene como profesional: fracasamos. La sensación era de vacío y de pérdida. Nosotros habíamos ido a ganar. Veníamos de la guerra, si no escuchábamos a nadie de afuera, no íbamos a poder salir de eso”, sostuvo.
El regreso
Cuando volvieron al país, fueron llevados a Campo de Mayo “Nos juntaron a todos, e hicieron la estadía de preparación para el nuevo contacto con la sociedad. Tuvimos reuniones con los jefes de acá, y con psicólogos para el grupo, e individualmente. Nos hicieron un test. También nos dieron toda ropa nueva. Esto duró una semana. Fue un cambio de situación”, recordó.
Y cuenta: “Se intentaba reestablecernos, a como estábamos antes; esa era la idea. Pero no. Las cosas que se viven quedan y te modifican. Uno las puede tolerar más porque se tuvo tiempo para reflexionar. Quedó un resentimiento, en cuanto a las cosas que se hicieron mal, a quienes actuaron mal. Siempre quedan mal nuestros superiores, por el mismo sistema verticalista que tenemos”.
“Hubo conflictos personales, en general: pudimos comprar actitudes tenidas durante la guerra, quién hizo, quién no hizo. Con respecto a mi actuación, creo que siempre estuve a disposición; hice lo mejor que pude. Al poco tiempo se desmembró la unidad, y cada uno tuvo un destino diferente. En mi caso puede elegir, y opté por venir a Junín”, señala.
El encuentro con la familia
Con su esposa e hijos (en ese momento una nena de 4 años y un varón de 7 meses) se reencontraron en Córdoba. “Yo tengo tres hijos, y con los dos primeros, varias veces tuve que irme por meses de mi hogar. Cuando nació la primera, en el 78, fue el conflicto con Chile por el Beagle, por ejemplo, y estuve ausente y luego pasó algo similar con mi segundo hijo con Malvinas. Mi tercera hija, por suerte, me tuvo todo el tiempo”, afirma.
El después…
Sobre los días posteriores al regreso, recuerda que “al principio podía dormir, pero sobresaltado, con cualquier ruido, me despertaba. Había noches en que me acordaba de cosas, me daba cuenta de lo que había vivido, del cambio que se había provocado en mí.
Tuve momentos en que, haciendo otras cosas, recordaba; pero con el tiempo se disiparon y pude superarlo. Siempre tuve apoyo psicológico luego de la guerra. Pero algunas cuestiones surgieron por la reflexión a través del tiempo”.
“A nivel social, -agrega- en Córdoba había varias unidades, y estaban lejos del pueblo; no nos recibieron y tampoco hubo un reconocimiento por nuestra labor. Por algo pasaron 30 años del conflicto y seguimos reclamando cosas. Es la vida, no digo que hoy esté bien del todo, algo me quedará, pero, en general, pude superarlo, a nivel personal; no así la falta de reconocimiento. Hay un resentimiento hacia la sociedad, y creo que eso es malo”, concluyó.
“Prohibido olvidar”. Ex combatientes juninenses mantienen vivo el permanente recuerdo del conflicto de 1982.
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El dramático relato de Adalberto
Cepeda, sobreviviente del “Belgrano”
El ataque, la cruda lucha por sobrevivir en un clima completamente hostil y la vuelta, en la memoria del ex combatiente juninense quien hace tres décadas atrás también era entrevistado por LA VERDAD.
| Adalberto Cepeda junto a su familia en mayo de 1982, a pocos días de su regreso a nuestra ciudad desde la base de Puerto Belgrano, publicado por LA VERDAD. |
Adalberto Osvaldo Cepeda, fue enrolado por el Servicio Militar Obligatorio al cumplir 18 años siendo destinado a la Base Naval Puerto Belgrano, Bahía Blanca y posteriormente fue embarcado en el crucero “General Belgrano”.
De su período de instrucción rescata que “son dos meses donde se aprende a valorar muchas cosas, entre ellas la amistad. Había gente que por ahí tenía una vida menos golpeada y otras que no, que quizás tuvieron que trabajar desde chicos pero ahí todos éramos iguales, ahí van todos por el mismo camino”.
“Durante los dos meses de instrucción –rememora- hice muchos amigos, grandes amistades, pero no he seguido con ellas solo con algunos que veo en el centro de ex combatientes. Cuando volví de allá yo me encerré mucho, fue muy difícil no conseguía trabajo, me encerré”.
El ataque
Tras la instrucción comenzó a cumplir funciones de mantenimiento en el crucero. Precisamente sobre el ataque al buque de guerra recuerda: “había guardias cada tres horas y el barco tenia custodia por el tema este de que nos venían siguiendo. Así y todo nos torpedearon, un submarino nuclear. Nos atacaron con dos torpedos uno en popa y otro en proa algo así como al medio. Eran las cuatro y media y para las cinco ya estaba hundido el barco”.
“La popa –relata- la cortó de arriba a abajo y se perdió esa parte y el otro torpedo dio en el centro de la sala de maquinas, los cuartos donde se dormía. Yo en ese momento estaba de guardia en la cámara de proyectiles y hacía quince minutos que había tomado la guardia sino hubiera estado en los dormitorios”.
“Cuando explotaron los torpedos –señala-, el barco se dio vuelta, se escoró. A mi me agarro en el puesto de guardia donde estaba, se corto la luz, fue un caos caían los proyectiles del propio barco que pesaban como sesenta kilos a pesar de que estaban atados con cadenas y se nos caían encima. A un compañero le cayó un proyectil de punta en el pie le abrió los dedos, no lo podíamos sacar y a lo oscuro no lo podíamos sacar, la desesperación…. No estábamos acostumbrados a que pasara una cosa así. El impacto fue terrible”.
Y sigue contando sobre esos duros momentos: “Al darse vuelta el barco no había piso, no había pared, no había nada te encontrabas con cosas que se te caían encima. Esto duro media hora. Cuando salí había mucha gente quemada, algunos colgados de los cables para no caerse al agua todo desesperación, pánico porque nadie sabía que pasaba, ni como había sucedido todo. Los único que sabían eran los comandante que creyó que había posibilidades de salvar el barco hasta que dio la orden de evacuar. Ahí nos tuvimos que salvar…. Como podíamos”.
Sobrevivencia dramática
Tras superar estos dramáticos momentos y una vez en la balsa, en el frío océano, recuerda Cepeda: “La desesperación era terrible. Me quedan muchas imágenes feas. Yo estuve cuarenta y ocho horas en la balsa, dos días, llenos de agua, sin comer nada, frío. Continuamente se llenaba de agua que teníamos que sacar con la mano, las olas eran muy altas. Fuimos a la deriva. Éramos cinco personas no los conocía, los había visto alguna vez, me acuerdo que uno de los muchachos tenia quebrado un brazo”.
Sobre su rescate relata: “Nos encontró un avión. Nosotros lo vimos y era algo desesperante porque parecía que no nos había descubierto. Empezamos a gritar, hacer señas pero pensábamos por la altura del avión que no nos había visto, pero nos vio y dio vuelta. Después se comento que era la última recorrida que hacia el piloto porque no tenía gasolina para seguir recorriendo, tenía la orden de volver pero el piloto decidió dar una vuelta más para ver si había algún sobreviviente. Dio vuelta el avión pasó sobre nosotros volando bajito moviendo las alas de un lado hacia otro ahí pudimos respirar, que nos habíamos encontrados. Pensamos cualquier cosa esos dos días. A mí me sacaron mal de ahí adentro con siete u ocho kilos, negro del frío, quemado por el agua helada… Muchos murieron de frío”.
Finalmente fueron rescatados por el buque hospital “Bahía Paraíso”. Tras ser asistidos en Ushuaia, retornaron vía aérea a Puerto Belgrano. Pero la cruda realidad de la guerra no terminaba con ese ansiado deseo de vuelta a la casa. “Fue terrible. De acá de Junín éramos cuatro o cinco y volvimos dos. Con uno de los que no volvió hice la escuela, estábamos juntos siempre encontrarme con los padres fue terrible.
“Quince días de licencia y nuevamente a seguir con el servicio militar, me destinaron a la Escuela de Mecánica de la Armada pero ya no era lo mismo iba como sonámbulo, me subía al colectivo me bajaba e iba detrás de los otros marineros, iba porque tenía que cumplir. No fue nunca más lo mismo. Después vinieron para dormir pesadillas, tenía que trabajar todo el día para cansarme y no recordar lo que había pasado”, concluye su relato Adalberto Cepeda quien precisamente, en mayo de 1982 también brindó su testimonio a LA VERDAD, apenas llegado desde Puerto Belgrano a nuestra ciudad.
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| Carlos Luján junto a un compañero en Malvinas |
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| Malvinas , foto tomada por Carlos Luján (1982) |
Aldo Omar Rodríguez: el marino que
pudo haber estado en el Belgrano
El ex combatiente, por esas cosas del destino, fue embarcado en el Irizar, utilizado como buque hospital durante el conflicto, a pesar de que fue requerido desde el buque hundido por un submarino inglés.
Aldo Omar Rodríguez, quien durante el conflicto era suboficial de las fuerzas armadas y tripulante del rompehielos “Almirante Irizar”, tras haber pasado también por el crucero “General Belgrano”.
“A comienzos de 1982 –recuerda- se cruzaron los pases: a mi me habían solicitado del Belgrano, por tener conocimiento; pero me mandaron al Irizar, donde quedé en esa unidad; por lo cual, podría haber formado parte de la tripulación del crucero. Lamentablemente, gran parte de la promoción de maquinistas, como electricistas murieron debido a los torpedos que recibieron, ya que estaban por debajo de la línea de flotación”.
El conflicto
Rodríguez, en 1982, ya era papá de dos hijos –rememora-: “Nicolás de 3 años y a Carlos Alberto de 2; Noelia no existía todavía. Me presento en el Rompehielos Irizar y para uno era el mejor; porque contaba con campañas antárticas, y pensaba en la diferencia de dinero que podía hacer. Yo estaba construyendo mi casa acá en Junín”.
Recuerda también que lo primero que se hizo al llegar a Puerto Argentino fue tomar la radio, pasó a ser Radio Argentina y se pasó “La Cumparsita”.
Sobre su misión señala que “íbamos de la isla a Ushuaia o a Comodoro Rivadavia o a Puerto Madryn. Siempre estuvimos dentro del conflicto y fuimos los últimos en volver, trayendo tropas argentinas una vez que se rindieron. Yo regresé a mi casa, los primeros días de julio”.
Testimonios de la guerra
“Durante el conflicto –expresó- el Irizar funcionó como buque hospital. Yo era maquinista y el buque estaba preparado para operar en el hielo, pero nunca pensamos que se convertiría en hospital. Funcionaban tres quirófanos. Al Irizar nunca le pasó nada”.
“Una vez –agrega- navegábamos para la isla llevando pertrechos de guerra, y nos informan que recibiríamos la visita de la Cruz Roja Internacional. Llegaron en helicóptero, pero junto con ellos había infantes ingleses, tipos grandotes de boina roja. Era una inspección al buque para ver que era lo que llevábamos. No me explico cómo, el buque llegó sin problemas a las islas”.
El ex marino reconoció que “siempre estuvimos en situación de riesgo, obviamente, pero nunca sufrimos un gran ataque. Un día, que yo estaba de guardia me enteré de lo del Belgrano y todo cambió. Pensar que yo podría haber estado ahí porque era mi destino. Cuando impactaron los torpedos en el crucero eran las cuatro de la tarde, horario de cambio de guardia. Por ejemplo, si en las máquinas hay diez personas, a las cuatro hay veinte porque es el relevo. Sólo se podían salvar los que conocían muy bien las salidas del buque porque con el ataque quedó a oscuras”.
Un hecho relatado por Rodríguez lo marcó y le hizo reconocer el horror de la guerra: “hace diez años, como soy Testigo de Jehová, estaba predicando por Junín y fui a un negocio. La señora que atendía me dijo: “Aldo ¡vos sos Aldo! ¡Estás vivo!”. El hijo había estado en Malvinas y pensó que yo había muerto”.
Los días de conflicto
“Los días –señala- eran hacer guardia, preocuparse por la familia; y saber que ellos también estaban preocupados. Los comandos nos dejaban hablar por la noche a través de radio; sin dar la ubicación porque siempre estábamos en la cercanía de las islas.
-Hola Susana ¿cómo estás? Cambio.
Y no le podía decir. La llamaba al teléfono de la madre, y le decía que se quedara tranquila, que no nos iba a pasar nada; que estábamos seguros”.
Tras la rendición recuerda que “en las últimas navegaciones a las islas, de una tripulación de 120 personas, el buque llevaba cerca de 600 ya que se sumaron prisioneros, heridos y locos. Nunca voy a olvidarme de un soldado que estaba en un rincón del buque, con la cabeza gacha, demacrado. Rígido. Es una imagen que no pude sacar de mi cabeza”.
“Cuando fui a la guerra, por mi formación militar sabía a lo que me enfrentaba y, en ese momento no tomé conciencia de la edad que tenían los conscriptos que iban, eran chicos. Ellos no estaban preparados; se notaba hasta en la diferencia de ropaje: los ingleses tenían trajes térmicos y pasadas determinadas horas de lucha eran reemplazados por otro grupo. Con los argentinos no fue así; ni siquiera pudieron bañarse. En el buque quedó olor por mucho tiempo…Una vez, tuvimos que bajar la temperatura del agua caliente para no producir un shock en los soldados, ya que no recibían agua con temperatura más o menos alta desde hacía mucho tiempo. El frío que sentí en las Malvinas no lo sentí en la Antártida”, relató.
“Volví con mucha bronca por lo que se había vivido. Esa fue una de las cosas que me enfriaron como militar”, sostuvo el ex combatiente quien añade: “Me quedé en La Armada porque ya estaba en el Irizar y como comenté antes, me había empezado a hacer la casa; sino me hubiera ido. Por otro lado, mi contrato se vencía y firmé otro por cuatro años. Era necesario para poder ir a la Antártida. En 1984, aunque me quedaban dos años por delante, gracias a una resolución de Alfonsín, por la cual el que quería irse podía hacerlo, pedí la baja. En Buenos Aires vivía en un lugar con gas natural y calefacción y nos vinimos a Junín con la casa a medio terminar. Así conoció mi mujer las heladas y vio florecer los durazneros, hasta que se acostumbró”.
El regreso
Finalizada la guerra y al recordar los primeros tiempos después del ´82, Rodríguez sostiene: “No se hablaba de la guerra, sentía como que a la gente no le interesaba el tema. Y tampoco se usaba decir “soy veterano de guerra”, eso vino mucho después. Los soldados desembarcaron del buque de noche y en soledad, sin una fanfarria, sin recibimiento. La gente, los que fueron a La Plaza, no tenían conciencia de la guerra: no les cayó una bomba… Es más, recuerdo que estando en el buque, por satélite vimos un partido de Argentina, del Mundial 82 que se jugaba en España: Se estaba en guerra, se gritaba en Plaza de Mayo y había un mundial”.
“Creo que la guerra no sirve para nada. Perdí muchas cosas cuando dejé la carrera militar como un buen sueldo y la obra social para mi familia, pero si hoy tuviera que volver a vivir todo, incluida la guerra, no lo haría; no podría volver a pasar por eso. La guerra no es la forma de resolver el conflicto Muchos dicen que volverían, a mi nunca me picó un proyectil al lado, ni una bomba, pienso que los que sí estuvieron ahí no quieren vivirlo nuevamente. Recién hoy me siento un poco más tranquilo”, concluyó en su relato.
El buque “Almirante Irizar” durante el conflicto de Malvinas, donde fue utilizado como buque hospital.
Hugo Nelson Astrada: “No sabíamos lo que vendría después”
El ex combatiente juninense estuvo embarcado en el portaaviones “25 de Mayo” durante el conflicto bélico de Malvinas.
Hugo Nelson Astrada, cumplió el Servicio Militar Obligatorio incorporado a la Marina, en Puerto Belgrano, Bahía Blanca. Luego del período de instrucción que duró unos 56 días, cada soldado comenzó a ser trasladado a su destino y en este comienzo de su relato, traza un recuerdo de otro joven que había sido incorporado en el mismo tiempo: Ariel Alonso, de la localidad de Morse que lo mandaron a Ushuaia. “Nos habíamos hecho muy amigos, quizás por estar lejos de la familia cuando se iba alguno ¡era un llanto! Algunos se fueron al Crucero General Belgrano… me podría haber tocado a mí”, rememora.
Su destino fue el portaaviones “25 de Mayo” y cuenta una anécdota de esos primeros días: “Cuando entré en el Servicio Militar me preguntaba a qué me dedicaba y dije que era tintorero, porque tenía experiencia por trabajar en la tintorería. Por eso me destinaron allí, porque se produjo una vacante en el lavadero del portaviones”.
La vida en el portaviones
“Allí la cosa cambió –recuerda-, era mejor la comida. Eso era una ciudad. Tenía 1.500 tripulantes. Salimos a navegar varias veces para hacer pruebas con aviones. A Junín pude venir de visita recién a los tres meses y medio”.
Sobre la tarea que llevaba a cabo por aquellos días, antes del conflicto, dice: “Cuando salíamos a navegar aparte de nuestra tarea, recibíamos otras instrucciones. Yo por ejemplo era camillero. Durante la navegación podía sonar una sirena y uno tenía que saber cuál era: zafarrancho de abandono donde cada uno tenía que saber dónde estaban las balsas y agruparse en la cubierta que le correspondiera o zafarrancho de incendio.
A la noche nos encontrábamos todos en la cena: teníamos que hacer la formación con la bandeja, esperar el turno para que nos sirvieran. Charlábamos de todo un poco. Algunos extrañaban más que otros”.
“Creo –agrega- que nunca llegué a conocer el portaviones completo. Tenía 220 metros de largo por 53, y varios pisos para arriba. Me hubiese gustado volver y mostrarle a mis hijos el lugar, pero lamentablemente no está más”.
Los días previos
“Comenzamos a prepararnos como para cualquier navegación, no teníamos idea de lo que se avecinaba”, señala Astrada cuando hace referencia a las jornadas anteriores del 2 de abril de 1982. “La noche del 30 de marzo –cuenta- nos reunieron y nos comentaron que se iban a tomar las Islas Malvinas; que las íbamos a recuperar después de mucho tiempo. Para nosotros era un orgullo, una alegría. No sabíamos lo que vendría después.
Llegamos cuando ya se habían tomado las islas, pero estuvimos muy cerca de la toma. Hasta ahí fue todo alegría. No manejábamos mucha información. Los que estaban en las cubiertas de vuelo que veían salir los aviones quizás sabían un poco más debido al movimiento. Abajo, donde estaba yo, no llegaban muchas noticias”.
Y de esas jornadas recuerda: “En plena guerra, no recuerdo la fecha, fuimos a puerto a buscar víveres. Ya teníamos miedo de que pasara algo; comentábamos con otros compañeros “de está vuelta no sé si volvemos”. Lo tomábamos con un poco de humor pero también con un miedo terrible. Cuando hundieron al Belgrano nos enteramos enseguida, fue el 2 de mayo a las cuatro de la tarde. Hace poco me junté con compañeros que fueron rescatados del agua. Si nosotros estamos mal, doloridos, imagínate ellos”.
“Luego del hundimiento –sigue contando el veterano de guerra juninense- el portaaviones se retiró un poco. Por los diarios, y por dichos de la propia Margaret Tatcher supimos que la idea de ellos era hundir a los dos. Vivimos días de terror pensando en lo que nos podría haber pasado. Acá el que volvió fue porque tuvo suerte. Lo que te queda es eso, y muchas preguntas ¿por qué? ¿Por qué pasó esto y con tantos chicos? No se puede volver atrás pero son cuestiones que están dentro de cada uno de nosotros. En mi caso está todo ese dolor y sufrimiento; y pienso también en la familia de esos chicos… pienso en cómo hubiera estado mi mamá…”.
“Los padres –acota- la pasaban mal, aparte no siempre llegaba información verdadera. Por ejemplo, cuando llegué mi mamá me comentó que había escuchado que también habían hundido al portaaviones. En los diarios y revistas se comentaba que la guerra se iba ganando, y la gente festejaba. Pero no era tan así como decían”.
El regreso
“Fue como cualquiera de las otras navegaciones que hicimos. Fue en plena guerra, yo me vine de baja, porque mi hermano estaba incorporado hacía dos meses y no pueden estar dos hermanos bajo bandera. El era clase 63”, recuerda.
“Creo que después de mi vuelta, el portaaviones no regresó a las islas. El que me hayan guardado el trabajo durante el tiempo del servicio militar me alivió un poco; porque muchos compañeros quedaron desocupados y nadie los quería tomar después de la guerra”, concluye en su relato el ex combatiente.
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| Carlos Garrido junto a un compañero de armas en el patio del regimiento de Patricios, antes de partir a Malvinas |









































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