El legado de San Ignacio de Loyola y la historia de la primera iglesia del Fuerte Federación


Vida, conversión y misión del santo vasco. Además, los documentos históricos que revelan las complejas gestiones, construcciones y designaciones religiosas que dieron origen a la fe comunitaria en lo que hoy es la ciudad de Junín.

Cada 31 de julio la Iglesia Católica celebra la memoria de San Ignacio de Loyola (1491-1556), fundador de la Compañía de Jesús, una orden religiosa que transformó profundamente la educación, la evangelización y la espiritualidad cristiana en todo el mundo.

San Ignacio de Loyola es patrono de Junín. El gobernador Juan Ramón Balcarce, el 31 de mayo de 1833, en su mensaje a la undécima Legislatura de la Provincia decía: "En los pueblos de campaña continúa la construcción de los templos que os anunció el Gobierno; se ha concluido ya el del Fuerte Federación y el de Quilmes se concluirá muy pronto" Recién a fines del año siguiente el templo fue inaugurado y puesto bajo la advocación de San Ignacio de Loyola.


San Ignacio de Loyola: el soldado que cambió la espada por el Evangelio

Nacido como Íñigo López de Loyola en el castillo familiar de Azpeitia, en el País Vasco, España, llevó durante su juventud una vida propia de la nobleza de su tiempo, marcada por el deseo de alcanzar prestigio militar y reconocimiento en la corte.

Su destino cambió para siempre el 20 de mayo de 1521, durante la defensa de la fortaleza de Pamplona frente a las tropas francesas. Una bala de cañón destrozó una de sus piernas y lo obligó a un largo período de recuperación. Aquella convalecencia, que en un principio parecía una tragedia, terminó convirtiéndose en el punto de partida de una profunda transformación espiritual.

Sin novelas de caballería para entretenerse, Ignacio leyó la Vida de Cristo y diversas biografías de santos. Poco a poco descubrió que las hazañas que verdaderamente daban sentido a la existencia no eran las de los campos de batalla, sino las del seguimiento de Jesucristo. Aquella experiencia marcó el nacimiento de una nueva vocación.

Tras abandonar su vida militar, peregrinó al santuario de Montserrat y pasó varios meses en Manresa, donde profundizó en la oración, el discernimiento y la contemplación. De esas vivencias surgiría una de las obras más importantes de la espiritualidad cristiana: los Ejercicios Espirituales, un método de oración y reflexión que continúa guiando a millones de personas en todo el mundo.

Consciente de la necesidad de una sólida formación, estudió en las universidades de Alcalá, Salamanca y finalmente en París. Allí reunió a un pequeño grupo de compañeros que compartían el deseo de dedicar sus vidas al servicio de Dios. Entre ellos se encontraba San Francisco Javier.

El 15 de agosto de 1534, en la capilla de Montmartre, realizaron votos de pobreza y castidad, dando origen al grupo que años más tarde sería reconocido oficialmente por el papa Pablo III como la Compañía de Jesús, en 1540.

Los jesuitas asumieron una misión clara: anunciar el Evangelio allí donde la Iglesia los necesitara, formar intelectualmente a las nuevas generaciones y acompañar espiritualmente a las personas mediante el discernimiento y la educación. Su labor se expandió rápidamente por Europa, Asia, África y América, fundando colegios, universidades y misiones que dejaron una huella perdurable en la historia.

San Ignacio falleció en Roma el 31 de julio de 1556. Fue canonizado por el papa Gregorio XV en 1622 y hoy es reconocido como uno de los grandes maestros de la espiritualidad cristiana.

Su legado permanece vigente a través de una enseñanza sencilla pero profundamente transformadora: buscar y encontrar a Dios en todas las cosas, viviendo cada decisión con libertad interior, discernimiento y servicio a los demás.

En un mundo marcado por la prisa y la incertidumbre, la vida de San Ignacio recuerda que incluso las mayores crisis pueden convertirse en oportunidades para descubrir un nuevo camino. La herida que lo alejó de la guerra terminó conduciéndolo a una misión que cambió la historia de la Iglesia y cuya influencia continúa vigente más de cinco siglos después.

La Capilla San Ignacio del Fuerte 

La primera iglesia y la primera escuela del Fuerte 

Juan Manuel de Rosas había concedido a Blas Mancebo la construcción de las obras del gobierno en Federación. Este comenzó de inmediato sus tareas comprando, en mayo de 1832, en San Nicolás de los Arroyos las primeras maderas y latas necesarias para construir una cocina para la tropa.

El 24 de septiembre eleva a consideración del gobierno el presupuesto de la construcción de una iglesia, de la casa para el cura y de una escuela. El cálculo de gastos alcanzaba a la suma de 12.000 pesos, sin incluir en ella la que debía invertirse para el transporte de los materiales. 

Los mencionados edificios estaban concluidos en marzo de 1833.

La iglesia medía veintiséis y media varas de largo, incluyendo en dicha medida la sacristía. Los muros de los costados tenían tres ventanas de vidrio con rejas de hierro. El techo era de paja retorcida. El frente y la pared del fondo (“costado del poniente”) eran de cal y con frisos, ambas con una vereda de material, teniendo la del frente a la calle colocados tres postes de ñandubay labrados.

En el interior había un púlpito al cual se llegaba por medio de una escalera de caracol que, siguiendo, alcanzaba también hasta la torre; un confesionario; la baranda del comulgatorio; una mesa para altar y otra para la sacristía. Todos estos muebles estaban pintados de color verde.

En cuanto a la casa para el cura, medía trece varas de frente. El piso de la sala que daba a la calle era de baldosa, trabajada en el mismo fuerte y el del zaguán de ladrillo.

Hacia el interior continuaban luego el dormitorio y el comedor, que tenían cada uno una ventana con rejas de hierro y una puerta con vidrios.

El edificio era de material, y el frente, que daba a la plaza, como el de la iglesia, se encontraba blanqueado.

El piso del dormitorio era de baldosas iguales a las de la sala, en tanto que el del comedor era de ladrillo.

Constaba también, de dos piezas de barro de cinco varas cada una y que estaban destinadas para cocina y dormitorio del sirviente. Por último, un pozo de balde con su correspondiente brocal y pilares de material, tan típicos de la época.

La escuela constaba de dos salones. El primero de seis varas de largo y tres de ancho, con dos ventanas y una puerta de dos hojas. El segundo, de nueve varas por seis de ancho, con un tabique que lo dividía en dos partes, en una de las cuales vivía don Blas Mancebo, en tanto que en el primero de los salones descriptos se instaló, provisoriamente, la carpintería para las obras del Estado.

Tenía además una cocina de cuatro y media varas, de barro, con techo de paja; un rancho de adobe que sirvió para alojar a los albañiles, y un pozo de balde similar al de la iglesia.

Interior del templo de San Ignacio de Loyola en 1898

El primer sacerdote

Si bien la iglesia estaba terminada ya en marzo de 1833. Sin embargo próximo a finalizar el año, aún no había sido provista de sacerdote.

Con este motivo, el de Salto, presbítero Carlos Torres, dirigía una carta al Ministro de Gobierno Manuel J. García, de la que extractamos los párrafos más importantes.

Comenzaba así: “Creo justo que se considere mi situación. Hace 3 años que por tercera vez entablé la renuncia del curato del Salto sin otro motivo que su total incongruidad como lo había verificado mi antecesor. El señor Excmo. Gobernador Rosas me estimuló a que permaneciera algún tiempo hasta que se construyere el Fuerte Federación cuyo pueblo se incorporaría a este Curato; y poniendo de mi cuenta [...] en cualquiera de los dos puntos, se mejoraría mi condición.

Preví en el momento las dificultades que envolvía este plan como lo manifesté al Señor Obispo, sin embargo contesté que estaba dispuesto a trasladarme a cualquiera punto donde mis superiores creyeran podría ser útil a una provincia que con tanta generosidad me había hospedado.

Viendo ya en agosto de 32 que se acercaba el tiempo de poner en ejecución su proyecto, solicité y obtuve una conferencia del Sr. Rosas y otra del Sr. Obispo en que demostré a mi modo de ver quanto tenía de irrealizable, y, quan poco adequado era a la tranquilidad de los pueblos, a la movilidad de ambos sacerdotes y al progreso espiritual de los fieles”.

Añadía más adelante: “En abril del presente año ya estaban servibles ambos edificios [se refiere a la iglesia y a la casa] como lo comuniqué al Sr. Provisor; pero a últimos de junio me comunicó que según el Sr.Ministro no se pensaba erigir en Curato el pueblo Federación”.

Agregaba a continuación, que de inmediato manifestó al Gobernador Balcarce y a Rosas las razones por las cuales “era imposible atender la dirección espiritual de ambos pueblos”.

Y concluía: “Ya se deja de ver que tres años de esperanzas y cinco de increíbles privaciones merecen tener término: y solo tendrán si S. S. decide prontamente de mi destino”.

Simultáneamente el Obispo de Buenos Aires escribía también al Ministro de Gobierno:

Bus Ays Dize 3 de 1833.

Año 24 de la Libertad y 18 de la Indep.

El Obispo y Vicario Apostolico

Al Sr.  Ministro de Estado en el Departamento de Gobierno.

En el año de 1832 el Sr. Gobernador de la Provincia hoy Comandante Gral. de Campaña, trató y convino privadamente con la Autoridad Eclesiástica de que se nombrase Un Capellán militar en el Fuerte de la Federación que acudiese con los socorros espirituales a los fieles que reciden en el y en sus contornos. A este objeto se mandó levantar y efectivamente se ha levantado, una iglecia en aquel punto. Dicho Capellán debía percibir la renta de 6000 pesos anuales, como los demás de su clase. Circunstancias particulares que tubieron lugar en aquella epoca no dieron tiempo á manejar este negocio de un modo oficial: sin embargo el gobierno no revocó sus propósitos; y tan lejos de esto al Vice apostólico le consta que conferenció varias veces sobre el con el cura actual del Salto Presbítero Don Carlos Torres e hizo privadamente el nombramiento del Capellán en su persona. Desde entonces y por repetidas ocasiones dicho Presbítero ha reclamado el cumplimiento de aquella disposición; el Vicario Apostólico nada ha podido resolver hasta haora por la razón ya indicada de no haberse conducido este asunto oficialmente.

Más hoy el Sr. Torres insta de un modo tal ejecutivo que  no deja arbitrio al Prelado entre la realización de aquel proyecto, o su separación del Curato del Salto. El Vice Apostól conoce bien la justicia de este reclamo porque sabe que si el Presbítero Torres se ha mantenido hasta hoy en el Salto, ha sido en la inteligencia de que se cumpliría lo dispuesto por el Sr. Rosas respecto de su colocación en el Fuerte de la Federación: de otro modo la escasez e incongruidad de aquella parroquia le habría obligado mucho tiempo antes á abandonarle. En este concepto y habiendo el Sr. Rosas dirigido al Vicario Apostólico en el mes anterior una comunicación privada, en que le recuerda y encarga la realización de aquella medida, como dispuesta y acordada ya desde la época de su mando; siendo también de la mayor utilidad el nombramiento de Capellán en aquel punto; me dirijo a V. S. para que se sirva instruir a S. E. sobre el contenido de la presente nota, a fin de que ordene se ponga en práctica el servicio de aquella Capellanía, despachando al efecto el Título de Capellán al expresado Presbítero Don Carlos Torres; y si el Superior Gobierno no creyere conveniente resolver en conformidad á este proyecto, V. S. tendra abien comunicarme su resolucion, cualquiera que sea, para satisfacer con ella tanto al Sr. Comandante General de Campaña, como al Sr. Torres.

Dios Guarde al Sr. Ministro muchos años

Marciano Obispo y Vicario Apostolico 

Accediendo, por fin, a los reiterados pedidos en tal sentido, el Ministro García, con fecha 11 del mismo mes de diciembre, dictó el siguiente decreto designando al Presbítero Carlos Torres Capellán Castrense de Federación: . . . “Siendo tan necesario en el Fuerte de la Federación el servicio de un Capellán como en los demás puntos de esta naturaleza, se nombra al Presbítero D. Carlos Torres Capellán Castrense del expresado Fuerte de la Federación con la dotación de seis mil pesos anuales incluída la ayuda de costas. Al efecto expídase el título correspondiente y comuníquese a quienes corresponda. García” 

De esta manera, el sacerdote Torres satisfacía una de sus más caras aspiraciones. Con el tiempo habría de ser uno de los más fieles servidores de Rosas. Ya en ocasión de la expedición que éste llevara contra los indios, en 1833, envió a todos los curas párrocos de los pueblos vecinos una circular laudatoria, en uno de cuyos párrafos decía: “Por la relación que incluyo y por informes más circunstanciados supongo a Ud. bastantemente instruido de las inmensas ventajas que nos proporcionan para siglos la expedición sobre los indios emprendida por el patriotismo más sublime y acabada por la más inalterable constancia”.

Entre tanto, llegaban al fuerte los primeros ornamentos para la iglesia, conducidos por Blas Mancebo desde la casa de don Victoriano García Zúñiga: un cáliz de plata dorada con tapa y cuchara; un par de vinagreras de plata con platillo; un ara; dos amitos; un misal; dos palios; un ostiario de plata; un purificador; tres bolsas con palias y corporales; tres estolas; tres manípulos; tres casullas; un Cíngulo; dos manteles y un lienzo; un atril y un frontal de tisú.

El 4 de febrero de 1834, el cura Torres comunicaba el paso de Mancebo por Salto llevando los elementos necesarios para decir misa.

Sin embargo, en septiembre aún no había marchado a Federación.

Recién a fines de 1834 el templo fue inaugurado y puesto bajo la advocación de San Ignacio de Loyola que aún en la actualidad es patrono del pueblo. El capellán Torres databa su correspondencia en “Fuerte de San Ignacio de la Federación”.

Interior de la casa parroquial del Fuerte


 

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