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Coronel Federico Rauch: un militar prusiano al frente del Fuerte


F
ederico Rauch (Weinheim, Baden, 1790 - Buenos Aires, 1829) fue un militar alemán, nacionalizado argentino, que participó activamente de las guerras civiles y de las campañas expansionistas que los sucesivos gobiernos argentinos efectuaron durante el comienzo del siglo XIX.

Biografía
Nació en Weinheim, Gran Ducado de Baden, (actualmente en el Estado de Baden-Wurtemberg, Alemania). En su juventud militó en las campañas napoleónicas.

Llegada a la Argentina
Federico Rauch llegó a la Argentina el 23 de marzo de 1819 siendo asignado a las campañas punitivas que el gobierno de Martín Rodríguez organizó contra los aborígenes pampeanos. En ellas secundó a Juan Manuel de Rosas y hasta fue premiado por los estancieros de la zona por su extrema dureza y "efectividad" en la eliminación de indios.
Según cuenta Osvaldo Bayer, en los partes de guerra de Rauch se pueden leer frases como la siguiente:
"hoy hemos ahorrado balas, degollamos a veintisiete ranqueles"
y también dice que fue contratado en 1826 por Bernardino Rivadavia para eliminar a los ranqueles de la Pampa. Estas campañas fueron un antecedente de la "conquista del desierto" que hacia fin del siglo XIX emprenderían Adolfo Alsina y Julio Argentino Roca.
El militar de origen prusiano diezmó a los ranqueles. Por orden de Rivadavia extendió la frontera sur para proteger a 538 propietarios beneficiados con la entrega de millones de hectáreas.
Los originarios dueños de la tierra venían resistiendo la conquista del blanco desde la llegada de Solís en 1516. Don Pedro de Mendoza tuvo que abandonar Buenos Aires en 1536 corrido por la sífilis y la hostilidad de los pampas. Sólo la presencia de un poder político y militar fuerte, luego de la creación del Virreinato del Río de la Plata en 1776, permitió establecer una línea de fronteras con los nativos medianamente alejada de los centros urbanos.
La Revolución de Mayo propugnó una política conciliatoria e integradora. En octubre de 1810, el secretario de Guerra y Gobierno de la Junta, Mariano Moreno, le encomendó al coronel Pedro Andrés García una expedición pacífica, diplomática y comercial hacia las pampas. En su informe, el coronel García decía que el indio, “a pesar de su barbarie”, podía ser reducido y asimilado a la civilización. Y proponía fortificar una frontera desde el río Colorado al sur de Mendoza, y establecerse en Salinas Grandes, Guaminí y Sierra de la Ventana.
Un decreto de la Junta Grande, de septiembre de 1811, decía: “Nada se ha mirado con más horror desde los primeros momentos de la instalación del actual gobierno como el estado miserable y abatido de la desgraciada raza de indios. (…) No sólo han estado sepultados por esclavitud ignominiosa, sino que desde ella misma debían saciar con su sudor la codicia y el lujo de los opresores. Penetrados de esos principios los individuos todos del gobierno y deseosos de adoptar todas las medidas capaces de reintegrarlos en sus primitivos derechos, les declararon desde luego la igualdad que les correspondía con las demás clases del Estado”.
 Y hasta el himno aprobado por la Asamblea del Año XII reivindicaba a los habitantes originales de América: “Se conmueven del Inca las tumbas/ y en sus huesos revive el ardor/ lo que ven renovando a sus hijos/ de la Patria el antiguo esplendor”.
En 1819, Feliciano Chiclana visitó a los ranqueles, el Leuvucó, a doscientas leguas de Buenos Aires. Lo recibieron amigablemente y logró pactar una alianza contra los “maturrangos”. Pero todo cambió con la instalación de los saladeros. La necesidad de sal y tierras para las pasturas fue apartando a la burguesía criolla del recuerdo de los ideales de hermandad expresado por los hombres de Mayo.
A poco de asumir, el gobernador –estanciero Martín Rodríguez lanzó una campaña al “desierto”. De hecho, delegó prácticamente el mando en su superministro Rivadavia y se dedicó a hacerles la guerra a los nativos. La visión de Rodríguez al respecto no dejaba muchas dudas: “La experiencia de todo lo hecho nos enseña el modo de manejarse con estos hombres; ella nos guía al convencimiento de que la guerra se presenta el único remedio bajo el principio de desechar toda la idea de urbanidad y considerarlos como enemigos que es preciso destruir y exterminar”.
El coronel García escribirá sobre la campaña de Rodríguez: “Fue errado y muy dañoso el sistema de conquistar a los indios salvajes a la bayoneta y de hacerlos entrar en las privaciones de la sociedad sin haberles formado necesidades e inspirándoles el gusto de nuestras comodidades”.
El ascenso de Rivadavia a la presidencia, en 1826, significó para los pampas la pérdida de grandes territorios. La generosa Ley de Enfiteusis implicó que 538 propietarios privados se adueñaran de 8.600.000 hectáreas. Para controlar las fronteras y garantizar la tranquilidad de los nuevos propietarios, Rivadavia contrató a un mercenario prusiano que, sin demasiados trámites, recibiría el grado de coronel del Ejército nacional: Federico Rauch, cuya estrategia consistía en atacar por sorpresa y asesinar indiscriminadamente a hombres, mujeres y niños. Rauch nació en Baden en 1790 y fue oficial de Napoleón. Llegó a Buenos Aires el 23 de marzo de 1819 y se incorporó al Batallón de Cazadores con el grado de segundo teniente. En 1823 inició, por orden de Rivadavia, su campaña contra los ranqueles. El gobernador Las Heras lo ascendió a teniente coronel y le dio el mando de los Húsares. La política de aniquilamiento de Rauch produjo grandes avances en la línea de frontera.
El “poeta” rivadaviano Juan Cruz Varela, futuro instigador del asesinato de Dorrego, escribió en 1827 estos versos elogiando al militar importado: “Joven terrible, rayo de la guerra/ espanto del desierto,/ cuando vuelves triunfante a nuestra tierra/ del negro polvo de la lid cubierto,/ te saluda la Patria agradecida/ y la campaña rica/ que debe a tu valor su nueva vida/ tus claros hechos, y tu honor pública”.
Más allá de su más dudosa calidad literaria, el poema de Varela implicaba una gratitud barroca con el soldado que les garantizaba el engorde de sus vacas a costa de otro tipo de carnicería.
Pero los elogios a tan “noble patriota” no se limitaban a la poesía. El 24 de febrero de 1827, el efímero presidente Rivadavia emitió un oficio que servía como preámbulo a la entrega de un sable en honor del prusiano. El coronel Rauch devolvía elogios con partes militares, menos lírico que el versito de Varela: “Hoy, 18 de enero de 1828, para ahorrar balas, degollamos a 28 ranqueles”.

AL FRENTE DEL FUERTE FEDERACION

Federico Rauch reemplazo al Comandante Escribano quien pidió licencia por razones de salud y para trasladarse por tal motivo a Arrecifes.
El nuevo comandante se hace cargo el 12 de marzo de 1828. y el 25 de ese mes escribe al gobierno narrando la angustiosa situación que atraviesa el fuerte:
"Ha venido un número regular de familias y más que se ha podido esperar, aguardando hasta ahora que se le proporcione auxilios para levantar un triste rancho, pero la estación fría se presenta con rigidez.
Las familias que tienen muchas criaturas chicas están a la intemperie que causa tanta compasió cuando se considera que por la carestía de los géneros y el escaso sueldo de sus maridos se hallan medio desnudas".
El 12 de octubre de 1828, a pedido de la superioridad, Rauch envía la nómina de los 30 prisioneros brasileños que trabajan en el Fuerte y que debían obtener su libertad. 23 decidieron regresar a su país y los siete restantes se quedaron en el Fuerte.
El 30 de ese mes y año, aduciendo enfermedad, Rauch solicita permiso y se le concede licencia, por lo cual el 6 de noviembre de 1828, Escribano asume nuevamente como Comandante del Fuerte.
Pronto le llegaría su turno al “espanto del desierto”. El 28 de marzo de 1829, en el combate de Las Vizcacheras, Rauch fue derrotado y degollado por el ranquel Arbolito. Al morir Rauch, los 30.000 kilómetros cuadrados de pampas que poseía Buenos Aires se habían transformado en más de 100.000. Se entiende por qué hay todavía una ciudad en la provincia con su nombre

 Su muerte
Artículo principal: Batalla de Las Vizcacheras
Murió en 1829, según Bayer lanceado por el jefe ranquel Nicasio Maciel, llamado "Arbolito", en la batalla de Las Vizcacheras, cuando Rauch peleaba para el bando unitario de Juan Lavalle contra el ejército federal de Juan Manuel de Rosas. Decapitado, su cabeza fue llevada en triunfo a la ciudad y arrojada en una calle céntrica como un desafío.

Homenajes
Fue homenajeado con las exequias más lujosas de la época.
Un partido del interior de la provincia de Buenos Aires lleva su nombre.
En la ciudad de Buenos Aires hasta inicios del s.XXI Federico Rauch fue epónimo de un pasaje o callejón muy especial (con forma de "S") ubicado en el linde norte del barrio de Balvanera, tal pasaje es lo que resta de una curva del primer ferrocarril argentino, en la actualidad se denomina pasaje Enrique Santos Discépolo, llamándose en su lugar Rauch uno de los caminos del parque Tres de Febrero (Bosques de Palermo) y un pasaje que corre paralelo a las calles Guardia Vieja y Lavalle, entre Salguero y Medrano, en el barrio de Almagro. En el partido 3 de Febrero, en el Gran Buenos Aires, también hay una calle que lleva su nombre.
En la ciudad de Azul, provincia de Buenos Aires, una calle lleva el nombre del coronel Rauch.
 Existe, no obstante, el proyecto de cambiarle el nombre por el de "Rufino Solano", un oficial de la frontera que llevó adelante tratativas de paz con los indígenas, y rescató muchas cautivas y prisioneros.

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