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Rubén Recalde, el abominable femicida que tenía un fetiche con los chicos y mataba los jueves

Rubén Recalde asesinó a Sandra Colo el 16 de agosto de 2012 -hace diez años- y a Paola Tomé el 16 de enero de 2014. Se lo vincula a por lo menos otros 14 casos sin resolver. El canal de noticias TN habló con las familias de las víctimas.



Para la Justicia, Rubén Recalde es el tercer asesino serial de la Argentina, después de Cayetano Santos Godino “El Petiso Orejudo” y Carlos Robledo Puch “El Ángel de la Muerte”. Es que, si bien su historia no es muy conocida, fue condenado a prisión perpetua en 2015 por los femicidios de dos mujeres en Junín, pero se sospecha que también mató a su esposa y se lo vincula con más de una docena de casos en la zona, que nunca se pudieron resolver.

Recalde fue rebautizado como “el asesino de los jueves” porque en esos días cometió sus crímenes. Siempre atacó mujeres y se aseguró de que estuvieran solas, porque en todos los casos el móvil del ataque fue sexual. Pero su prontuario tuvo además otro llamativo y común denominador: las víctimas trabajaban en locales comerciales del rubro infantil.

EL FEMICIDIO DE SANDRA COLO

El jueves 16 de agosto de 2012 una buena parte de los argentinos festejaba todavía el triunfo de la Selección en un amistoso ante Alemania mientras Sandra Colo iba a trabajar.

Al anochecer, preocupado porque ella todavía no había regresado a su casa, el padre fue a buscarla al salón de fiestas infantiles donde trabajaba, un pelotero llamado “Abracadabra”. La moto de Sandra seguía estacionada en la puerta, donde la había dejado temprano por la mañana cuando llegó al lugar, pero estaba todo cerrado.

Cuando Juan Colo logró entrar por fin al salón, tuvo que abrirse paso en la oscuridad y así, esquivando obstáculos, llegó a la cocina para enfrentarse con su mayor temor hecho realidad. El cuerpo de Sandra estaba tirado en el piso boca abajo. A simple vista se advertía la brutal paliza que había recibido. La habían asfixiado con dos sogas.

Sandra Colo tenía 43 años. La asfixiaron con dos sogas.


El móvil de un posible homicidio en ocasión de robo fue descartado desde un principio, ya que alrededor de la víctima encontraron su cartera, su billetera, un celular laboral y una suma de dinero guardada en un escritorio.

El crimen de Sandra terminó de destrozar al matrimonio de María Luisa y Juan Colo, que ya habían perdido en el año 2000 a otra de sus hijas, Claudia, asesinada por un compañero de trabajo.

“Un mar de lágrimas”

Soledad Colo es la más chica de los cuatro hijos que tuvieron María Luisa y Juan Colo. “Con Claudia salíamos y nos criamos juntas, era mi ejemplo a seguir”, contó a TN, y añadió: “Sandra, mi hermana mayor, es la que siempre me cuidó, era como una segunda madre para mi”. Pero en poco más de 10 años las perdió a las dos de forma violenta e imprevista y la vida, tal como la conocían, jamás volvió a ser la misma.

“El 15 de enero del año 2000 fue atacada y asesinada brutalmente por José Luis Correa en su lugar de trabajo”, relató Soledad sobre el primer golpe que recibió su familia. Y resaltó: “Fue terrible y muy doloroso, pasamos momentos horribles, la casa siempre llena de policías, investigadores, Cientifica, DDI... y nosotros en un mar de lágrimas pidiendo Justicia”.

Claudia fue asesinada por un compañero de trabajo a los 25 años.


Pero el destino les tenía todavía reservado otro revés, una tragedia muy similar de la que fue víctima su otra hermana. “La última noche que la vi (a Sandra) se despidió con un beso y un abrazo de mi hija (que en ese momento tenía 9 años) y nosotras nos saludamos con un ‘hasta mañana’”, evocó sobre ese último recuerdo que guarda de ella.

Una vez que Soledad y su hija se fueron a acostar, Sandra se quedó trabajando con sus manualidades en porcelana fría por una entrega que debía hacer al otro día. El jueves cada una se fue a su trabajo como lo hacían habitualmente sin sospechar que ya no volverían a verse. “Lamentablemente Sandra se cruzó con esta bestia humana, que acabó con su vida y destruyó nuevamente nuestros corazones”, enfatizó Soledad.

“Hoy con mi otro hermano, Marcelo, seguimos adelante por nuestros hijos, por mamá y papá que son muy fuertes y tuvieron que afrontar estas dos pérdidas, unidos más que nunca por y para ellas. Seguimos adelante con su recuerdo todos lo días, preguntándonos por qué tuvo que pasarnos a nosotros y qué distintas serían nuestras vidas si ellas estuvieran”, expresó sobre el cierre de la nota.



Si bien en ambos casos tuvieron justicia, Soledad no evita la posibilidad de hablar sobre los que les pasó. Para ellos, los Colo, no se trata de “casos cerrados” aunque los asesinos ya estén presos. Para ellos la ausencia de Sandra y de Claudia también es un dolor perpetuo que llevan a cuestas, y lo único que anhelan es que, por lo menos, no se las olvide.

EL FEMICIDIO DE PAOLA TOME

Pasó un año y medio hasta que Recalde volvió a matar. Fue el jueves 16 de enero de 2014. Esa noche, fue la familia de Paola Tomé la que se preocupó cuando se hizo de noche y ella no volvió del trabajo. Entonces fue Lucrecia, su hermana, quien buscó una copia de las llaves del local de ropa para chicos donde trabajaba la víctima y fue a buscarla.

Lucrecia, al igual que en 2012 Juan Colo, también se topó con una escena macabra. Al entrar al negocio encontró el cuerpo de su hermana Paola tirado en el piso. Tenía un repasador metido en la boca, marcas de golpes en la cara, un pañuelo atado al cuello y sus pantalones desprendidos.


Paola Tomé tenía 38 años cuando fue asesinada.

El resto de la postal la completaban tres vestidos para niña exhibidos sobre el mostrador, las luces del salón apagadas y el aire acondicionado todavía encendido. Como en el femicidio anterior, no faltaba nada. Estaba toda la recaudación en la caja registradora, la cartera de la víctima, su teléfono celular y una notebook prendida, que Paola evidentemente estaba usando cuando la atacaron.

Empezar de cero después de la tragedia

“A Paola yo la había visto el mismo día que la asesinaron, unas horas antes”, contó a TN Lucrecia Tomé, su hermana. Ella vivía con su hijo en un departamento, mientras que la víctima, junto con los padres de ambas, ocupaba el de la planta baja. “Nos veíamos todo el tiempo, ese día la saludé y me yo fui a la pileta del club con mi hijo”, precisó.

Por eso también, cuando se hizo la hora en la que habitualmente Paola volvía de trabajar y no llegó, fue ella quien decidió ir a buscarla y lo hizo con su hijo, que entonces tenía 11 años.

El negocio estaba a oscuras y cerrado y a Lucrecia la invadió en ese mismo instante un mal presentimiento. No obstante, nada la preparó para lo que se iba a encontrar adentro. “Pensé que se trataba de un robo y que quizás estaba encerrada en el baño”, manifestó sobre ese traumático momento, y añadió: “Pero me encontré con lo peor. Jamás me hubiese imaginado algo así”.


“Mi hijo salió corriendo del susto, pero no llegó a ver el cuerpo porque estaba en un entrepiso donde había un depósito y un bañito”, completó Lucrecia. Pero ella sí vio a su hermana asesinada, y nunca pudo olvidarse de eso. “Esa imagen es imborrable”, enfatizó.

Dejar atrás algo así es imposible, comentó. Tanto que necesitó alejarse con su familia de todo aquello: “Nos tuvimos que mudar y empezar de cero porque no soportamos pasar por el negocio cerrado o recordar cada lugar al que solíamos ir y que ella no esté”.

Se fueron a Tandil, donde vivía ya otro de sus hermanos, y nunca más volvieron a Junín. “En paz ya no podemos estar porque algo se rompió, hay una ausencia muy presente en cada cumpleaños, en cada fiesta. Pero uno lo va asimilando”, apuntó Lucrecia a este medio, y subrayó: “Me acuerdo siempre de cómo la encontré, pero enseguida la asocio con la esencia de mi hermana que era pura luz, una campanita, muy activa y predispuesta siempre”.

Aunque le resulta difícil remover esos recuerdos, a Lucrecia le gusta hablar a Paola y aprovecha cada posibilidad que tiene para contar cómo era: “Muy alegre, emprendedora, trabajadora, le gustaba viajar, familiera”, describe. Incluso en sus redes sociales, la foto de perfil que usa es una en la que se las ve juntas.



El recuerdo permanente de Paola, también en las redes. (Foto: Instagram/lucretome)

Un párrafo aparte fue su opinión sobre Recalde, el condenado por el femicidio de Paola. “Ese criminal entró y salió de la cárcel como quiso”, dijo Lucrecia, y concluyó: “Si realmente hubiera justicia ese asesino no tenía por qué andar suelto y hoy mi hermana estaría viva”.

Las huellas del crimen y un patrón repetido

En el negocio donde fue asesinada Paola Tomé el asesino dejó las marcas de sus pisadas y ese descuido fue el precipitó su caída. En poco tiempo los investigadores llegaron a Recalde, un mecánico y chapista con antecedentes, que había salido de la cárcel recientemente.

Durante un allanamiento, los oficiales secuestraron de su auto una mochila negra que tenía, entre otras cosas, guantes, preservativos, pastillas de Viagra, un cuchillo de fabricación casera y sogas. Después, en su domicilio encontraron más sogas, guantes de albañilería y un par de zapatillas de color negro y amarillo marca Topper, talle 42.


Recalde atacaba siempre a mujeres solas y el objetivo era violarlas.

La pericia de cotejo que se hizo sobre el calzado resolvió la incógnita: las zapatillas de Recalde habían estado durante el crimen de Paola. También se encontró un rastro genético completo de él en el marco de la puerta del baño, muy cerca de donde estaba el cuerpo de la víctima.

A partir de allí todas las piezas empezaron a encajar con facilidad. El mismo ADN se había encontrado en el pelotero de la calle Leandro N. Alem 388, donde habían asesinado a Sandra Colo. Rubén Recalde había estado en ambas escenas del crimen: él era el asesino.

El mecánico ya tenía un prontuario denso encima. En septiembre de 2003, había entrado en una biblioteca, tomó a la encargada del cuello, la ató y la violó.

También se descubrió que había sido condenado en Mendoza en la década del ‘80 por “robo y violación reiterada” y se lo mencionó en otras 14 investigaciones relacionadas con femicidios y abusos.

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No se encontraron pruebas para incriminar a Recalde por el crimen de María Fernanda Repetto y el caso prescribió.

Uno de esos casos que jamás se resolvió fue el crimen de María Fernanda Repetto en Junín, una estudiante de 24 años que el 26 de septiembre de 1999 fue estrangulada con un cable en su casa del barrio Villa Talleres. En aquel momento, no se contaba con los recursos científicos necesarios y no se encontraron pruebas para incriminarlo, por lo que la causa prescribió.

LA CONDENA

Por otra parte, las pericias psicológicas permitieron conocer el perfil del asesino, a quien los profesionales describieron como alguien que sufría de “incapacidad de empatía y frialdad”, así como también de “desapego afectivo” y una “personalidad en la que priman impulsos incontrolables a ser satisfechos en la inmediatez”.

De hecho, durante el juicio que lo condenó a la pena máxima el padre de Sandra Colo, una de las víctimas, comentó su sensación a Diario Democracia: “En la primera entrevista que tuve ante la Justicia me convencí de que tenía que ser una sentencia ejemplar sobre todo por la clase de persona con la que me encontré. Vos lo veías y era un tipo sin corazón, sin alma, al que no le importaba nada. Le hablaban de lo que había hecho y ni siquiera movía la vista”.

Finalmente, en julio de 2015 los jueces del Tribunal Oral N° 1 de Junín, lo encontraron culpable por el “homicidio agravado criminis causa” de Colo y “homicidio criminis causa y femicidio” de Tomé y lo condenaron a reclusión perpetua. “Con la edad que tiene no creo que a los 97 o 98 salga con ganas de seguir haciendo algo”, dijo entonces Juan Colo.


(Nota de Luciana Soria Vildoza, para TN.com.ar)

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