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Cartas encontradas

Carta de Manuel Dorrego a su esposa.
(Télam, por Marcelo Bellotta*).- “Mi querida Angelita: en este momento me intiman que dentro de una hora debo morir; ignoro por qué, más la Providencia Divina, en la cual confío, así lo ha querido. Perdono a todos mis enemigos y suplico a mis amigos que no den paso en desagravio de lo recibido por mí. Mi vida, educa a esas amables criaturas; sé feliz, ya que no lo has podido ser en compañía del desgraciado Manuel Dorrego”.
De este modo, el Coronel Dorrego se despidió de su esposa horas antes de ser ejecutado. Además de hacerle otras indicaciones para tener en cuenta luego de su muerte.
“Mi vida: Mándame a hacer funerales, y que sean sin fausto. Otra prueba de que muero en la religión de mis padres, tu Manuel”.
Y añade: "Todos los documentos de minas en compañía de Lecoc están en la cómoda vieja; que Lecoc sea dueño de todas y dé a mi familia lo que tuviese a bien. Que Fortunato te entregue lo que a conciencia crea tener mío. Calculo que Azcuénaga me debe como tres mil pesos. José María Miró, mil quinientos. De los cien mil pesos de fondos públicos que me adeuda el Estado, sólo recibirás las dos terceras partes; el resto lo dejarás al Estado. A Manuel, la mujer de Fernández, le darás trescientos pesos. A mis hermanos, y demás coherederos, debes darles o recabar de ellos como mil quinientos pesos, que recuerdo tomé de mi padre y no he repartido a ellos".
También dejó algunas recomendaciones para sus amadas hijas.
“Mi querida Angelita: te acompaño esta sortija para memoria de tu desgraciado padre. Mi querida Isabel: te devuelvo los tiradores que hiciste a tu infortunado padre. Sed católicos y virtuosos, que esa religión es la que me consuela en este momento".
Y a su sobrino, Fortunato Miró, le solicitó lo siguiente: Te suplico arregles mis cuentas con Angela, por si algo le toca para vivir a esa desgraciada, recibe el adiós de tu tío M. Dorrego”.
Además de dedicarle unos breves párrafos a una sus entrañables amistades. Entre ellas, a Miguel Azcuénaga.
“Mi amigo, y por usted a todos: Dentro de una hora me intiman debo morir, ignoro por qué; la Providencia así lo ha querido. Adiós, mis buenos amigos, acuérdense ustedes de su M. Dorrego”.
Y a Estanislao López, gobernador de Santa Fe.
“Mi apreciable amigo: En este momento me intiman a morir dentro de una hora. Ignoro la causa de mi muerte; pero de todos modos perdono a mis perseguidores. Cese usted por mi parte todo preparativo, y que mi muerte no sea causa de derramamiento de sangre. Soy su afectivo amigo. Manuel Dorrego”.
Como estas cartas, existe cantidad de documentación epistolar en torno al asesinato de Dorrego que da cuenta del voraz encono existente entre unitarios y federales. Tal es el caso de Salvador María del Carril, que le escribe a Lavalle un día antes de la ejecución: "La prisión del General Dorrego es una circunstancia desagradable, lo conozco; ella lo pone a usted en un conflicto difícil”.
Y agregó: “La disimulación en este caso después de ser injuriosa será perfectamente inútil al objeto que me propongo.
Hablo del fusilamiento de Dorrego. Hemos estado de acuerdo en ella antes de ahora. Ha llegado el momento de ejecutarla. Prescindamos del corazón en este caso. La Ley es que una revolución es un juego de azar, en la que se gana la vida de los vencidos cuando se cree necesario disponer de ella”.
“Haciendo la aplicación de este principio, de una evidencia práctica, la cuestión me parece de fácil resolución. Si usted, general, la aborda así, a sangre fría, la decide; si no, yo habré importunado a usted; habré escrito inútilmente, y lo que es más sensible, habrá usted perdido la ocasión de cortar la primera cabeza de la hidra, y no cortará usted las restantes. -Nada queda en la República para un hombre de corazón".
Esa misma noche, Juan Cruz Varela se refiere en este mismo sentido.
“Señor don Juan Lavalle. Mi general: Después de la sangre que se ha derramado en Navarro, el proceso del que la ha hecho correr, está formado: ésta es la opinión de todos sus amigos de usted; esto será lo que decida de la revolución; sobre todo, si andamos a medias… en fin, usted piense que 200 o más muertos y 500 heridos deben hacer entender a usted cuál es su deber… Cartas como éstas se rompen, y en circunstancias como las presentes, se dispensan estas confianzas a los que usted saber que no lo engañan, como su atento amigo y servidor”.
En la víspera a la muerte de Dorrego, otro que opinó acerca de su destino fue el delegado en Buenos Aires, Almirante Brown, en una misiva dirigida a Lavalle.
“Mi apreciado señor: La carta original de Dorrego que incluyo a usted le informará de sus deseos de salir a un país extranjero, bajo seguridades: mi opinión a este respecto, como particular, está de conformidad, pero asegurando su comportamiento de no mezclarse en los negocios políticos de este país… Esta es mi opinión privada, mas usted dispondrá lo que considere mejor, para asegurar los grandes intereses de la provincia; quedando su muy atento amigo y servidor”.
Sin embargo, Lavalle hace caso omiso a esta recomendación optando por la sugerencia de sus copartidarios tal como lo revela su contestación a Brown: "Desde que emprendí esta obra, tomé la resolución de cortar la cabeza de la hidra, y sólo la carta de Vuestra Excelencia puede haberme hecho trepidar un largo rato por el respeto que me inspira su persona. Yo, mi respetado general, en la posición en que estoy colocado, no debo tener corazón. Vuestra excelencia siente por sí mismo, que los hombres valientes no pueden abrigar sentimientos innobles, y al sacrificar al coronel Dorrego, lo hago en la persuasión de que así lo exigen los intereses de un gran pueblo. Estoy seguro de que a nuestra vista no le quedará a vuestra excelencia la menor duda de que la existencia del coronel Dorrego y la tranquilidad de este país son incompatibles".
El 13 de diciembre de 1828, se conoció el comunicado escrito por el propio Lavalle dando cuenta del cruento deceso de Dorrego.
“Participo al gobierno delegado que el coronel don Manuel Dorrego acaba de ser fusilado por mi orden al frente de los regimientos que componen esta división. La historia, señor ministro, juzgará imparcialmente si el coronel Dorrego ha debido o no morir; y si al sacrificarlo a la tranquilidad de un pueblo enlutado por él, puedo haber estado poseído de otro sentimiento que el del bien público. Quisiera persuadirse el pueblo de Buenos Aires, que la muerte del coronel Dorrego es el sacrificio mayor que pueda hacer en su obsequio. Saludo al señor ministro con toda atención. Juan Lavalle”.
Por esas horas, Díaz Vélez ignorando lo sucedido le escribió a Lavalle comunicándole la predisposición del gobierno estadounidense de albergar a Dorrego en su tierra.
“Señor don Juan Lavalle. Mi querido general y amigo de toda mi estimación: (...) En esta misma posición, es en la que llego como amigo suyo y de Dorrego, a interponer mi mediación, para que él vaya a Estados Unidos, y explicaré cómo debe ser en mi opinión... Dorrego debe salir inmediatamente sin toca en el pueblo, extrañado perpetuamente, dando garantías que podrán prestarlas los mismos mediadores, y privado también de la ciudadanía, etc. Esto es digno, más que fusilarlo, aun después de un juicio muy dudoso, si se han de consultar los ápices de la justicia Díaz Vélez. P.D.: en caso que Dorrego vaya a Estados Unidos, Forbes dará buque al instante”.
Décadas después de la trágica desaparición de Dorrego, se conoció una carta escrita por el Mayor Elías a su hermano, que trasladaba al Coronel en calidad de prisionero en las horas previas a s u aniquilación que entre otras cuestiones decía: “Cerca de las dos de la tarde hice detener el carro frente a la sala que ocupaba el general Lavalle, y desmontándome del caballo fui a decirle que acababa de llegar con el coronel Dorrego. El general se paseaba agitado a grandes pasos y al parecer sumido en una profunda meditación, y apenas oyó el anuncio de la llegada de Dorrego, me dijo estas palabras que aún resuenan en mis oídos después de cuarenta años: Vaya usted e intímele que dentro de una hora será fusilado. El coronel Dorrego había abierto la puerta del carruaje y me esperaba con inquietud. Me aproximé a él conmovido y le intimé la orden funesta de que era portador. Al oírla, el infeliz se dio un fuerte golpe en la frente, exclamando: ¡Santo Dios! Amigo mío, me dijo entonces, proporcióneme papel y tintero y hágame llamar con urgencia al clérigo Castañer, mi deuda, al que quiero consultar en mis últimos momentos… Como la hora funesta se aproximaba, el coronel Dorrego me llamó y me dio las cartas, una que todo el mundo conoce, para su esposa, y la otra de que yo solo conozco su contenido, para el gobernador de Santa Fe don Estanislao López.
Ambas cartas se las presenté al general Lavalle, quien sin leerlas me las devolvió, ordenándome que entregase la dirigida a su señor y que a la otra no le diera dirección”.
Dorrego no se equivocó en su oración. Desde entonces la Argentina no tuvo paz, y también desde entonces quedó marcada por esa tendencia al enfrentamiento que continuó durante todo el siglo XX. Por eso, a 183 años del fusilamiento de Dorrego es bueno recordar su advertencia. Aquella que escribió poco antes de morir: “Deben saber que en las violentas convulsiones se cometen grandes desaciertos, y se ensayan los mayores crímenes”.


(*: El autor es periodista)

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