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Los duendes sobrevuelan "La cancha del turco Lorenzo"


(Nota publicada en suplemento especial del barrio Prado Español publicado el miércoles 15 de agosto de 2012 en el diario LA VERDAD)
Se trata de un deporte que supo ser pasión de multitudes y que hoy casi nadie práctica. 

ESCRIBE: Ismael A. Canaparo

 Ubicada en la calle Ordiales, el frontón de Lorenzo, junto al boliche, dos aspectos tradicionales de la campaña bonaerense, tuvo una etapa de esplendor en el Junín de los primeros cincuenta años del siglo pasado.
Más allá del inmenso itinerario que marcó el barrio Prado Español en el crecimiento y en la transformación de Junín, su curiosa biografía llegó al deporte, constituyendo un interesante registro de épocas y ambientes, de hábitos, de prácticas y valores que las sociedades humildes y pueblerinas poseen todavía hoy. Y en el abanico de conductas deportivas y culturales, surge un recuerdo trascendente: La cancha del Turco Lorenzo. Fue un reducto histórico de pelota a paleta, una especialidad que trajeron los vascos al Río de la Plata a fines del siglo XVIII.

 Ubicada en la calle Ordiales, el frontón de Lorenzo, junto al boliche, dos aspectos tradicionales de la campaña bonaerense, tuvo una etapa de esplendor en el Junín de los
primeros cincuenta años del siglo pasado. Los sábados y domingos llegaban hasta allí decenas de jugadores de fama, con enfrentamientos increíbles y desafíos trascendentes,
donde no faltaban los temperamentos duros, ásperos y conflictivos. Sin embargo, pese a que los retos entre exponentes individuales y partidos de parejas solían ser por dinero, jamás dejó de ser un juego, sin tontas peleas o conflictos. Todo quedaba reducido a la promesa de una revancha, que siempre se daba en el corto tiempo.

 Todo aquel que tenga la fortuna de encontrarse con un testigo privilegiado de esa época, seguramente oirá leyendas fantásticas, llena de andanzas y proezas mágicas, quizá algunas mentiras inocentes, con jugadores talentosos, con paisanos de poncho y cuchillo a la cintura, bebedores incorregibles de tardes y noches interminables, donde no faltaba un riquísimo asado y el tradicional fin de fiesta: naipes y guitarreadas.

 Esta secreta popularidad del deporte inventado por las legiones vascuences tiene ahora, a modo de hermoso recuerdo que solamente se consigue con la lejanía, algunos nombres
de los jugadores que pisaron ese escenario, hoy en ruinas, pero conservando aquellos duendes de entonces. Apenas con repasar que Oscar Messina, el maravilloso Manco de
Teodelina, jugó allí en innumerables ocasiones, está todo dicho. El santafesino nunca disputó campeonatos oficiales (los hubiera ganado sin despeinarse). Se radicó en Chascomús y desde allí aterrizó en cuanto pueblo o almacén de campo tuviera un frontón capaz de soportar su técnica y su destreza. Siempre lo hizo por plata y los éxitos solían ser mayoritariamente suyos, en climas de ardorosas apuestas, desbordes de alegrías y festejos al por mayor.

 Pero Messina alguna vez perdía. No era Manco, como tampoco Gardel fue mudo. A veces le tocaba beber el agua amarga de la derrota. Cerca de 45 años atrás, en un domingo donde la cancha desbordaba de público, se registró un doble enfrentamiento que hoy estaría en la tapa de los suplementos deportivos de los diarios del país: Juan Sangiovani y Noel Madama (recordado ex jugador de Sarmiento) se midieron ante Oscar Messina y Anastasio Larrañaga. Sangio y el Ñato, que iban de “punto”, pese a la calidad de ambos, se transformaron en “banca” y se impusieron en dos partidos electrizantes a esos monstruos.
 Habíamos empezado a esbozar unos pocos nombres de jugadores que desfilaron por esa recordada cancha y la inevitable estampa del Manco nos cambió el rumbo de la evocación. 

Volvamos para atrás. Con la inestimable ayuda de Sangiovani, hilvanamos una pequeña serie de protagonistas: Saccardi, Rana Miranda, Zapata, el Zurdo Ferreira, el Negro Pinto, Noel Madama, Santos Sánchez, Anastasio Larrañaga, Silvetti, Delledone, Carlos Franco (Rojas), el Loco Valles, el Perro Elisei, Pinino Sigliano, el Zurdo Mena, el Paisano Díaz y los Hermanos Pampeanos, entre tantos otros.

 La pelota a paleta fue pura pasión en los albores de la mayoría de los pueblos, porque en cada lugar, por más modesto que fuese, se levantaba una cancha. Por aquellos tiempos, esa era la moda, dentro de una disciplina repleta de varones de verdad, con “V” corta, un título que no se hereda. Un deporte de hombres de pelo en pecho, con barba de dos días que borraban con la navaja, a brocha y espuma. A primera vista, las siluetas clásicas van apareciendo en el recuerdo, no aquellas de la memoria, sino de las vivencias. No es fantasía reflexionar sobre la tremenda popularidad que tuvo en Junín la disciplina, no cubierta debidamente por el periodismo de entonces, ya que es difícil encontrar páginas que expliquen ese fenómeno. Hay cosas dispersas, muy complicadas para juntar y llevar del brazo.

Lo cierto es que en Junín, crease o no, había más de veinte escenarios para pegarle a la pelotita y sentir el sabor mágico de un certero revés. Veamos, si no: Sarmiento, Centro Español, Aramburu (en Lebensohn y Narbondo, frente a la ex. Escuela Comercial), Club Junín (cerrada y abierta), Turco Lorenzo, Los Varela, Paco Ojeda, Boliche Balestrasse,
Rincón del Carpincho, La Agraria, Camicia, Mariano Moreno (Carlos Pellegrini e Italia), San Martín y Jorge Newbery, además de algunas otras. De todas ellas, la única que sobrevive a duras penas es la cerrada de Junín, a la que habría que proteger como un verdadero “monumento histórico”, a prueba de piquetas destructivas. Que las ambigüedades queden para los políticos y las leyendas, con voluminosos pliegos de riquísima textura, para la gente, esa misma que sabe reconocer los perfumes del pasado y la sensación térmica de los días felices.

 El mayor mérito de este deporte es haber abierto fronteras en todas las localidades de la pampa húmeda, que lo convirtió en un duro cómplice y entrañable sparring de la memoria. Los recuerdos y la muerte de la pelota a paleta pueden hacer descubrir a más de uno que ya lleva bastante vida vivida, que ya está bastante grandecito como para recibir trivialidades en lugar de toda la riqueza que guarda el pasado, un peligro del que “La cancha del Turco Lorenzo” escapa indemne.













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